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Viernes 15 Mayo, 2015

Para qué renunciar si la moda es que “me renuncien”

Lamentablemente en Costa Rica desde hace años está de moda entre los altos funcionarios de gobierno esperar a que “los renuncien”. Por más grave que sea la crisis que un jerarca ocasione y por más penosa que se vislumbre la situación para el mismo funcionario y su familia, aquí nadie renuncia.
Hasta la semana pasada los “renunciados” fueron Melvin Jiménez, ministro de la presidencia; Gisela Kopper, ministra de Ciencia y Tecnología, y Allan Ruiz, viceministro de Telecomunicaciones. Por su impericia política y desaciertos, la renuncia de Jiménez la esperó el país casi desde el inicio de su nombramiento, mientras que los otros dos jerarcas también tuvieron tiempo suficiente para haber salido por la puerta ancha, pero no lo hicieron.


Decía un analista político que los ministros, viceministros, presidentes ejecutivos y miembros de las juntas directivas de instituciones, “se aferran a la palmera” en medio del vendaval tratando de sortear la crisis y esperanzados en el hecho de que aquí no hay escándalo que dure tres días.
Nadie espera que se llegue a los extremos de los japoneses que en nombre del honor se aplican el harakiri para morir gloriosamente, pero sí al menos una dosis mínima de vergüenza que los mueva a renunciar en el momento en que menos daño le causen a la imagen del presidente y a la administración que los acogió.
Por su parte, el presidente Solís sigue sin mostrar ese talante que conduzca a verdaderos golpes de timón al estilo de la presidenta Bachelet.
Ante el asedio de la prensa y el aluvión de críticas que enfrenta su gobierno desde el inicio de su gestión, el presidente se vio obligado a anunciar un “reacomodo de gabinete” que, como muchas de sus promesas, no cumplió, y más bien lo que vimos fue un “rellenito de huecos” que habían dejado “los renunciados”.
¿Le falta carácter al presidente o le faltan fichas? De momento preferimos inclinarnos por la última opción, aunque no son pocos los que apuestan por la primera.
Por fin renunciaron a la ministra de Cultura, Elizabeth Fonseca, por el FIAsco. Hay sin embargo otros ministros que están en capilla ardiente por su deficiente desempeño y ellos seguramente también esperarán hasta el último momento a que los “renuncien”. Se habla al menos de la ministra de Justicia, Cristina Rodríguez; del ministro de Vivienda, Rosendo Pujol, y del ministro de Obras Públicas, Carlos Segnini, de quien se dice que asumió la cartera del MOPT sin saber siquiera la diferencia entre un tractor y un backhoe.
Se trató de justificar el nombramiento de un abogado ignoto en el MOPT, en lugar de un ingeniero como era la tónica, aduciendo que como abogado tenía más capacidades para liderar mejor el cierre de Conavi, Consejo de Transporte Público, CTP, y enderezar todo lo relacionado con concesiones.
Esas promesas de campaña hasta hoy son solo una mera quimera y tampoco se vislumbran avances significativos en infraestructura o en el desesperante congestionamiento vial que se convierte en lastre para la competitividad de país y para la salud mental y física de los costarricenses.
La ilusión del cambio se desvaneció para darle lugar a la angustia por lo caro que le está saliendo al país la curva de aprendizaje del nuevo equipo de gobierno porque hay mucho en juego mientras los nuevos funcionarios asisten a la “escuelita”.
Por ejemplo, el proyecto para mejorar la ruta 32 a Limón. En este caso, para aportar a su curva de aprendizaje, el ministro Segnini tuvo el privilegio de viajar a China en dos ocasiones. Viajó temerariamente sin conocer el tema, sin conocer la cultura china, sin conocer el idioma.
A su regreso, embelesado con los goces asiáticos indujo al presidente a decir que “debíamos arriesgarnos”, a pesar de todas las dudas que genera ese proyecto y las múltiples advertencias de la Contraloría.
Desde ese preciso instante, diputados y ciudadanos responsabilizan directamente al mandatario por si algo sale mal, que es lo más probable que suceda en medio de un proceso caracterizado por el desconocimiento, la improvisación e inexperiencia.
El peor escenario es que haya que indemnizar a los chinos y encima quedarnos sin carretera, lo que de inmediato nos remite a la trillada consigna de campaña de que “con Costa Rica no se juega”.
Un gabinete que no fue integrado sino “rejuntado”, que no estuvo sustentado por la meritocracia sino por la inopia, no presagia nada bueno para los próximos tres años que restan de gobierno. Y aunque los nuevos nombramientos generan algo de optimismo, es muy probable que unos pocos no lleguen a tener el fuelle necesario para alinear a un grupo donde el mejor aspira a ser el “menos malo” y en el que de manera generalizada han mostrado sin rubor alguno sus grandes falencias en política y en comunicación.
¿Podrán los nuevos adalides apalancar una nueva imagen para este gobierno y renovar la esperanza de los costarricenses? Está por verse.
Lo cierto del caso es que la administración Solís ya se tomó más tiempo de la cuenta para su curva de aprendizaje. El jerarca que no aprendió ojalá encuentre un gramo de dignidad y responsabilidad y no espere a que lo renuncien, como es la moda.


Periodista

Ana Madrigal