Iris Zamora

Iris Zamora

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Lunes 25 Mayo, 2015

Pachamama-Paracas-Ballestas-Cachiche…

Literalmente como miles de ticos y ticas esta entrada de invierno, gracias a una compañía área que quiso darse de “golpes mercadotécnicos” con otra, partimos hacia uno de esos destinos llenos de imágenes pospuestas.
Perú es más que Machu Picchu y es Machu Picchu. Esa tierra de un imperio que ha marcado la historia de la América prehispánica, atrae por ese pasado casi mágico, término con el que pretendemos explicar lo que no sabemos explicar.


Nos asombra esa arquitectura inca, el manejo de la agricultura, sus terrazas, su ingeniería hídrica, la confección de las telas, sus calzadas, sus caminos, su iconografía, sus trazos en las rocas… Una historia que no contamos a menudo; encontramos más fácil justificar lo actualmente inexplicable achacándole a seres de otras galaxias vecinas, la obra de una civilización exterminada por el invasor, aún nos muestra el espíritu que habita cada trozo de esa Pachamama exuberante.
¿Quién puede en 3 mil caracteres, incluidos los espacios, explicar lo que provocó en mí este viaje, que no deseo que acabe, y estoy segura habitará en mí para siempre?
Los destellos del desierto de Atacama, el pedazo que corresponde a Perú, hoy “habitado” por decenas de vehículos “arenosos” que columpian sus dunas, en un ejercicio de adrenalina innecesario, vertical, violento y ruidoso para las miedosas como yo, ahuyenta los gritos de quienes disfrutan desafiar la muerte, como si no tuviésemos suficiente escaramuza diaria con ella… Luego el silencio, y la brisa mueve caprichosamente las arenas que transforman el paisaje en minutos… el espectáculo está en la retina y en el alma, mientras la cadencia de nuestro corazón, agitado por la locura de los giros y los violentos descensos, descansa en esa quietud que solo interrumpe algún puño de arena que la brisa vuela.
Igual nos sentimos en la profundidad de ese santuario que es Machu Picchu. El silencio atrapa, supera el ruido humano de alrededor, sobrecoge al más escéptico o materialista. Estamos frente a la obra de una civilización de cinco o seis siglos atrás… y de otra que inició con la Creación del Mundo.
Nuestro espíritu saluda entonces, el espíritu de los miles que vivieron ahí, en ese hogar que es hoy el hogar de la humanidad… Igual que cuando nuestra mirada se posó frente a la magnificencia del Valle Sagrado de los Incas,… como navegar camino a las Islas Ballestas, en ese profundo y azul mar que anuncia el capricho de Pachamama, al mostrar en las rocas arcos y formas que nos dejan sin aliento, o la incapacidad de poder explicar la presencia de ese “candelabro” gigantesco tallado en roca firme (sin explicación como las líneas de Nazca), que han superado el tiempo, la erosión y la presencia humana. Paracas que desembarcó al Libertador San Martín; así Perú, al menos para mí, mostró la presencia exquisita de Dios, con su Creación.

Iris Zamora