Ennio Rodríguez

Ennio Rodríguez

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Martes 27 Junio, 2017

Oriente Medio: detrás de la noticia

El rápido ascenso del príncipe Mohamed bin Zayed Al Nahyan al poder en los Emiratos Árabes Unidos, el del joven príncipe Mohammed bin Salman en Arabia Saudita y el bloqueo a Catar, tienen en común un factor de explicación, aunque no el único, que se remonta a la sucesión del profeta Mahoma. El conflicto subsiguiente prevalece hasta nuestros días, si bien imbricado con ambiciones geopolíticas, el petróleo, las intervenciones de Occidente (sin estudiar historia) y muchos otros factores. Pero no se entiende el Oriente Medio sin introducir la confrontación entre los suníes y los chiitas, la cual se inició hace 14 siglos.

Mahoma muere y asciende al poder su primo y esposo de su hija Fátima, Alí ibn Abi Talib, en el año 656. Como dato, el término chiita proviene del significado en árabe de seguidores de Alí. Cinco años después lo asesinan y su hijo Husein es asesinado poco después. Sin embargo, los chiitas afirman, hasta la fecha, que el liderazgo político-religioso lo deben ejercer los descendientes del profeta. Los imanes de hoy día son descendientes de Alí y Husein. Los chiitas, donde controlan el poder, establecen teocracias. Los suníes (seguidores del “camino” en árabe), por el contrario, rechazan la línea de sangre y creen en el liderazgo civil. Los conflictos, pero también los ejemplos de convivencia pacífica, abundan en la rica historia musulmana, la cual incluye, por ejemplo y más cercano a nosotros, el siglo de oro del califato de Al Andaluz, cuando convivieron, con prosperidad, tolerancia y riqueza literaria y filosófica, los tres pueblos del libro: judíos, cristianos y musulmanes.
Un capítulo importante del conflicto suní-chiita ocurrió luego del ascenso de la dinastía Safavid en Persia en 1501, la cual se enfrentó con el Imperio Otomano por espacio de 200 años. Al final de cuya guerra se formaron parte de los linderos actuales entre Turquía e Irán (dos importantes países musulmanes no árabes).
Damos tremendo salto al presente y encontramos una población musulmana de 1.600 millones de los cuales 85% son suníes y 15% chiitas. Estos últimos constituyen una mayoría en Iraq, Irán, Azerbaiyán, Bahréin y forman parte de la población plural en el Líbano. Los suníes son la mayoría en más de 40 países, tan diversos como Marruecos e Indonesia.

Conflicto actual. El conflicto principal en tiempos modernos, también encuentra sus raíces en esa división histórica. La rivalidad entre Irán, luego de la Revolución de 1979 y el ascenso del imán Jomeini, con Arabia Saudita, tiene tanto un carácter geopolítico como religioso. La mayoría suní de este último país practica la versión o secta conocida como wahabismo, interpretación radical de las escrituras y contraria a las interpretaciones chiitas. Estos dos países vienen librando lo que en inglés se conoce como “proxy wars” (guerras por subordinados o aproximación), mediante el financiamiento y apoyo de grupos radicales. Por ejemplo, a pesar de la retórica antimperialista y antisionista, al Qaeda, de origen suní, recientemente se ha concentrado en matar civiles chiitas en Iraq. Por su parte, Hezbollah, de origen chiita, participa activamente en la guerra civil en apoyo al gobierno de Siria, mientras que grupos suníes se han unido a los rebeldes (Frente Islámico y al-Qaeda).

Siria es la guerra subordinada más importante de enfrentamiento suní-chiita, que incluso ha llevado al involucramiento de Estados Unidos del lado de los rebeldes y Rusia en apoyo al régimen de al-Assad. Yemen es otra. Pero, sobre todo, preocupa el escalamiento de tensiones entre las dos grandes potencias Irán y Arabia Saudita. Las noticias con que inicia este artículo hacen referencia precisamente a esto. Los príncipes de los Emiratos Árabes Unidos y de Arabia Saudita ascienden al poder por sus conocidas posiciones anti-Irán; mientras que el bloqueo a Catar, justificado por un supuesto financiamiento a los grupos terroristas sin probarlo (apoya a la Hermandad Musulmana sin vínculos terroristas), se explica más por su cercanía con Irán (a pesar de su mayoría suní) y su negativa a apoyar el bloqueo a este país. Esperemos que el pacífico Omán no llegue a sufrir por este conflicto también.

Legitimidad política. La necesidad de mantener la legitimidad política también ha contribuido a la exacerbación de las tensiones. Debe recordarse que las reverberaciones de las demandas expresadas durante la Primavera Árabe todavía se escuchan en las paredes de los palacios de estas monarquías absolutas, para las cuales un enemigo externo, Irán, no árabe, puede ser factor de unión política y de legitimidad con argumentos religiosos también.

Finalmente, Estados Unidos durante Obama, dio prioridad a la guerra contra el Estado Islámico mientras hizo acercamientos importantes hacia Irán y mantuvo la cercanía con Arabia Saudita. La presente Administración, anunció que ganaría la guerra contra el Estado Islámico, pero cada vez habla menos de ella (luego de un criticado ataque) y define a Irán como su enemigo, mientras se acerca más a los Emiratos Árabes Unidos y a Arabia Saudita. Tomar partido tan abiertamente entre dos potencias en medio de una guerra “proxy” podría acercar la posibilidad de una guerra frontal entre estas dos potencias regionales, lo cual, a nadie convendría.