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Lunes, 27 de septiembre de 2021



COLUMNISTAS


Obviar lo obvio

Eleonora Badilla ebadilla@castrocarazo.ac.cr | Viernes 10 septiembre, 2021


Lucien De Groote (1912-1994) nacido en Bélgica fue un distinguido cellista y llegó a dirigir la Orquesta Sinfónica de Charleston, Carolina del Sur entre 1964 y 1981. Uno de los grandes logros de De Groote en ese período fue que se pasara de ser una orquesta conformada con músicos voluntarios, a una integrada por profesionales con formación de conservatorio y pagados por su aporte, talento y ejecución.

Por allí del año 72, en Costa Rica se daba un proceso análogo, que se conoció como la “revolución musical”. Se hizo una reestructuración de nuestra orquesta sinfónica; se compraron instrumentos; se elevó el nivel formativo de sus integrantes; y se creó un programa musical juvenil para preparar a las siguientes generaciones. Don Alberto Cañas E. fue el primer Ministro de Cultura; don Guido Sáenz el Viceministro, y la orquesta renovada estuvo bajo la batuta del estadounidense Geral Brown. En esos pimeros años de la década de los setenta, Lucien De Groote fue invitado a Costa Rica a dirigir la recién estrenada orquesta sinfónica. Especulo que también a conversar con el sector cultura de nuestro país sobre su propia experiencia liderando la evolución de la Orquesta Sinfónica de Charleston. Conocí a Lucien en su visita al país, pues su esposa Helen Wilkin, talentosa violinista, integrante de la orquesta de Charleston, quien vino con él tenía familia en el país: la mía por parte de madre.

Yo era una adolescente, y no recuerdo el programa que dirigió Lucien. Pero sí tengo presente la emoción generada por la música y el haber aprendido que lo obvio, muchas veces es motivo de satisfacción e incluso de alegría, para quien puede verlo. Porque lo obvio, no siempre está a la vista de quien no sabe o de quien no quiere ver.

Media hora antes de inicar el concierto, Lucien se tomaba un café acompañado de varias personas. Entonces llegó corriendo un muchacho desde el correo con un telegrama para él; lo enviaban de la Orquesta Sinfónica de Charleston y estaba etiquetado: urgente. Contuvimos la respiración, mientras él abría el sobre, con gesto serio y preocupado. Pero entonces su rostro se iluminó y soltó una carcajada sonora y profunda, que aún recuerdo. Y mostró el papel que decía: “Violins to your left” (los vioines, a su izquierda). El espíritu del director se elevó; se mostró contento, estimulado y de buen humor. Y ese fue el espíritu que transmitió a los músicos de nuestra orquesta sinfónica durante el concierto.

Esta anécdota me ha regresado a la memoria al leer por la prensa las poquísimas reacciones de las autoridades nacionales ante el Apagón Educativo que denunció Isabel Román al presentar el VIII Informe del Estado de la Educación el pasado miércoles 1 de setiembre. Me conmueve porque la situación que estamos viviendo es todo lo contrario: se está desconociendo lo obvio. El informe decía: urgente; el panorama presentado con datos, análisis, estudios y ejemplos, no puede ser más desolador. Costa Rica se enfrenta a generaciones sin capacidad lectora; sin lógica matemática; sin habilidades para la convivencia pacífica. La desigualdad se incrementa rápidamente y se incuba la violencia. Las acciones que deben tomarse de inmediato son obvias para quien puede y quiere ver. Las que recomienda el Informe, son claras y muchas voces se han alzado para que se declare un estado de emergencia educativo nacional, de manera que se puedan destinar todos los recursos necesarios para contener la crisis y revertir las desastrosas consecuencias. Pero me aterra pensar que el país va a obviar lo obvio. La Ministra de Educación indica por la prensa que ya se están tomando acciones, pero no presenta una ruta crítica clara y advirtió que nos se declarará un estado de emergencia. Ante la sugerencia de avanzar hacia un Acuerdo Nacional (¿otro?), la respuesta, difundida por la prensa, con un cierto color a arrogancia indica que el Ministerio de Educación vería con buenos ojos liderar un proceso de acuerdo. De todas las obviedades que se están obviando, esta última añadió más leña al calor de mi preocupación. Obviamente, el Ministerio no puede ser juez y parte. Es parte. Y un proceso de acuerdo debe estar moderado por actores externos e imparciales, como ya hicieron Miguel Gutiérrez Saxe (también primo de Helen Wilkin) y Roberto Artavia Loría y que condujo al Acuerdo Nacional por el Bicentenario, que está vigente.

Obviar las obviedades mientras se presencia el estado de la educación del país y se preven las peligrosísimas consecuencias deprime el espíritu, desestimula y acongoja.

Me sumo al grito de ayuda del niño en la portada del VIII Informe del Estado de la Educación y exijo que se aborden de inmediato las acciones obvias que son necesarias para hacerle justicia a las jóvenes generaciones de habitantes en el país.

Para quienes queremos y podemos ver las obviedades para recuperar el sistema educativo, los cursos de acción son tal claros como para un director musical cómo se distribuyen los instrumentos en una orquesta.

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