Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Miércoles 7 Noviembre, 2012

Hace mucho escribí sobre las barras bravas.
Detallé una vivencia personal que me impactó y desde luego que no sucedió nada.
Un escandalito de tres días y regreso a la “normalidad”.
No sé si recuerdan que viajaba al Fello Meza a dar cobertura a un juego semifinal entre Cartaginés y Herediano y al llegar al peaje, tuve que apartar mi auto de la ruta, para dar paso a cuatro motorizados que a todo gas y sirena en alto, exigían espacio para que pasaran un par de buses con la barra brava del Team. Ni siquiera cancelaron el peaje.
Transportados como reyes desde Heredia a Cartago, ida y vuelta con ruta abierta y oficiales de tránsito a su disposición.
Los dirigentes les regalan los boletos y la policía los escolta hasta dejarlos sentados en el espacio asignado en los graderíos. ¡Así hasta yo como decía doña Niní!
La pésima costumbre se mantiene y se repitió el pasado domingo en el clásico.
Estos jóvenes de zonas marginadas, rebeldes por no hallar espacios de sobrevivencia y superación en una sociedad que más se parte en dos: más ricos y más pobres, se desahogan en espectáculos masivos y dan rienda suelta a sus frustraciones amparados en el anonimato de la masa.
Los pésimos ejemplos de las barras bravas no son exclusividad de los ticos; el fútbol argentino nos manda cada semana vídeos “notables” de los desmadres en sus estadios, ya con muchos muertos en la fila.
Costa Rica suma un muerto y decenas de heridos, consecuencia de la presencia de estas barras bravas en los coliseos.
Cuando miramos las fotografías y observamos a decenas de muchachos descamisados, que gritan su incultura, pachuquismo y pobreza con signos externos que lamentablemente los retratan —a una inmensa mayoría—, como delincuentes en vacaciones de la penitenciaría, ingresando en grupo a los estadios, nace la pregunta del millón de dólares.
¿Quién o quiénes les pagan las entradas?
¿O acaso estos jóvenes pueden cancelar ¢8 mil para presenciar el clásico?
Y aquí es donde entra la mano irresponsable de los dirigentes.
Ellos, aunque se quiten, son los que fomentan la presencia de estos desalmados en los estadios ¿Se harían ellos responsables en caso de que hubiera muertes?
Confiamos en que Osvaldo Pandolfo, presidente de la UNAFUT, detenga ya y de una vez por todas esta alcahuetería, con un trabajo interdisciplinario que involucre al gobierno, tránsito, clubes, policías hasta desaparecer este cáncer terminal.

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