Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Lunes 5 Abril, 2010



No tuvo el clásico la calidad futbolística del primero, jugado recientemente en el Ricardo Saprissa; por esas cosas que da el deporte, la Liga jugó mejor en Tibás y perdió y ayer, con menos volumen de juego, le alcanzó para vencer al acérrimo rival, arrebatarle el invicto y el primer lugar de la clasificación general: mesa gallega.
Fue un partido emocionante por el entorno, no por lo sucedido dentro del terreno de juego: lamentablemente se presentaron acciones fuera de la cancha que llamaron la atención más que el partido, muy lanzado a la media cancha, tanto que Alfonso Quesada de hecho no intervino en ninguna acción apremiante, mientras que Keylor Navas sí tuvo un poquito más de trabajo.
Esta Liga de Luis Roberto Sibaja se ve trabada cuando no están juntas en la formación titular sus saetas: Solórzano, Ureña y Argenis y paradójicamente, cuando estas se unen, el equipo como que se vuelve loco. Todos ellos corren a estrellarse contra la pared, como los abejones de mayo.
Entonces, sus seguidores se entusiasman, el equipo punza pero no resuelve y esto le da calor al evento, más no exquisitez y menos calidad.
Por ahí caminó el clásico de ayer; el Alajuelense fue calentura y el Saprissa termómetro; Roy Myers planificó un partido sin muchos riesgos; no jugó a empatarlo pero el empate le servía en la recta final del certamen, de manera que al no arriesgar en ataque, tanto que Alejandro Sequeira no se vio y Josué Martínez solamente tuvo una ocasión en ofensiva, el clásico se metió en el congelador de la cintura, de donde lo sacó por ratos, esa velocidad ansiosa de los delanteros manudos, que juegan a cien por hora sin medir espacios, tiempos y ritmos de acción.
Por suerte, el Alajuelense cuenta con Pablo Gabas, un futbolista que contrario a varios de sus compañeros de club, si sabe medir el ritmo del cotejo y fue entonces Pablo el que corrido por la entreala izquierda, dejó botada la marca de Víctor Cordero y cruzó el zurdazo al centro que lo prendió entre Jervis y Douglas, el picaresco Marco Ureña para definir esta nueva edición del clásico, caliente como las llamas que por ahí brotaron, pero sin la sobriedad, ni la calidad que estos dos mismos equipos nos presentaron hace pocos días en la cueva del Monstruo.

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