Mónica Araya

Mónica Araya

Enviar
Lunes 9 Marzo, 2015

¡No somos minoría!

Cuando hablamos de la igualdad de género como parte de los derechos humanos, inmediatamente lo relacionamos con “una minoría”. Al utilizar esta palabra provocamos dos paradigmas:
1. Son pocos, son los menos.
2. Y lo encasillamos en el pobrecito. Víctima.
Mientras sigamos pensando así, no vamos a poder generar el cambio necesario en actuar del ser humano. Porque al fin y al cabo es quien ejecuta las políticas. ¡No solo el del hombre! También el de la mujer.
Si es cierto lo que dice Albert Einstein:
“Toda la ciencia no es más que un refinamiento del pensamiento cotidiano” y seguimos pensando que “sólo” es una minoría, no vamos a generar los cambios necesarios en la sociedad que se supone estamos buscando. Seguiremos pensando que no tienen nada que ver con nosotros, que es un problema ajeno y que es una responsabilidad social de los gobiernos y organismos internacionales.
¡Estamos una vez más equivocados! La mujer no es una minoría en la población mundial, ya no es una minoría en la población económicamente activa y no es más una “pobrecita”.
Si cambiamos de forma de pensar a empoderar y apropiarse de sus derechos a la mujer abriendo los ojos a la realidad, entonces podremos hacer políticas de estado con el propósito de seguir los principios básicos del ser humano, esta vez independientemente de su género.
¡La mujer no es un símbolo de debilidad! ¡Al contrario! Y debe ser la misma mujer la que reconozca esa realidad. No más luchas porque son “pobrecitas” o son la minoría como una limosna, sino como un derecho y un principio de libertad.
La expresión “derechos humanos” (también citada con frecuencia como DD.HH.) hace referencia a las libertades, reivindicaciones y facultades propias de cada individuo por el solo hecho de pertenecer a la raza humana. Esto significa que son derechos de carácter inalienable (ya que nadie, de ninguna manera, puede quitarle estos derechos a otro sujeto más allá del orden jurídico que esté establecido) y de perfil independiente frente a cualquier factor particular (raza, nacionalidad, religión, sexo, etc.).
El enojo, la frustración o la traición no le da el derecho a nadie (hombre o mujer) de agredir física o verbalmente a otro.
Se requieren cambios importantes en la forma de pensar tanto de las mujeres como de los hombres, en la familia y en el Estado.
¡¡Somos todos los que generamos distorsiones al decirle a una joven, que por haber quedado embarazada arruinó su vida!! ¡Somos nosotros cuando nos burlamos de un hombre cuando nos cuentan que su esposa genera más ingreso que él!
No importa quien se quede en el hogar hoy en día a cuidar de los hijos. A los ojos de muchos quien lo haga es un mantenido y un vago.
¿O una madre le reclama a su hija cuando su pareja no la mantiene?
¡Piénselo! ¿Cuantas veces usted mismo ha generado estas diferencias y como las está manejando hoy en su familia? Seguimos arrastrando costumbres viejas de machismo y feminismo. ¿Perdimos la perspectiva de la libertad e igualdad de los derechos?
Hoy, que celebramos el Día Internacional de la Mujer, quiero agradecer a todas esas personas, que sin importar su género apoyan el crecimiento y desarrollo del ser humano. Aquellos que con su ejemplo logramos ver un gran cambio en el “sí se puede”.
Falta mucho por recorrer en el campo de los derechos humanos, pero hay que hacer conciencia primero en los principios para no generar más distorsiones.

Mónica Araya