Enviar
¿Muertos en vida?

Pese a no caracterizarse por torturas extralimitadas respecto a las normas convencionales, los campos de prisioneros norteamericanos en la Guerra de Corea (1950-1953), registraron más fallecimientos de éstos que en cualquier otra prisión por situaciones bélicas en la historia de los Estados Unidos. Las razones de este hecho se simulan a lo que sucede en algunos equipos o entidades deportivas.
Los norcoreanos usaban cuatro tácticas psicológicas para extinguir la esperanza por el futuro y los lazos afectivos entre los prisioneros. La primera, eran indiferentes a los problemas entre compañeros cautivos; hasta incentivaban que unos a otros se acusaran de faltas. No había castigos a delatores ni delatados, pues el fin era crear crisis entre ellos. A veces, hay miembros de equipos que compiten por insignificancias, contemplados por quienes creen que con competencia interna se eleva la competitividad hacia los rivales externos.
En segundo lugar, se obligaba a los prisioneros a autocriticarse delante de sus compañeros. Imaginemos una organización deportiva en el que solo se escuchan expresiones negativas, sentimientos de culpa, golpes a la autoestima y recriminaciones hasta el extremo de no creer en el valor propio. Esto equivale a aniquilar el aprecio y el respeto por otros y por uno mismo.
La tercera táctica era fomentar la deslealtad entre los prisioneros y entre éstos y sus comandantes, también presos. Así, al romperse la relación jerárquica, los oficiales eran tratados como rasos, sin obediencia ni consideración. Esto agregaba desapego y pérdida del sentido de pertenencia, tal como sucede con dirigentes que no reciben ni se ganan el respeto. Nadie orienta ni permite ser orientado.
Finalmente, ningún prisionero tenía acceso a buenas noticias de sus familias, solo a las malas. Eso provocaba que lo positivo siempre se quedara fuera del campo. Este aislamiento emocional llevó a muchos prisioneros a pensar que su vida no tenía sentido y que no había algo por lo cual luchar o tener esperanza.
Sin lealtad, autoestima, respeto mutuo, desacreditación de la autoridad, y ausencia de refuerzo emocional, las organizaciones sellan su suicido. Sus miembros caminarán como "muertos en vida", hasta que algunos se atrevan a hacer exactamente lo contrario a estas cuatro prácticas y reactiven lazos sinceros de afectividad, la convivencia para prosperar y los motivos retadores para unirse alrededor de un propósito compartido.

German Retana
[email protected]
Ver comentarios