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Viernes 27 Febrero, 2009

Los jóvenes y el VIH-sida

Oscar Arias Sánchez
Presidente de la República

Hace algunas semanas, en una conferencia sobre ciencia y tecnología en California, el magnate y filántropo estadounidense, Bill Gates, liberó un enjambre de mosquitos entre el auditorio conformado por científicos, empresarios y artistas de Hollywood. Su intención era hacer conciencia sobre la terrible enfermedad de la malaria que cada año afecta a más de 515 millones de personas en el mundo, y ocasiona la muerte de más de un millón de ellas, la mayoría niños y jóvenes en Africa Subsahariana. "Los dejaré volar por aquí, porque no se justifica que se infecte solo la gente pobre", dijo mientras liberaba los mosquitos. Un minuto después, ante el temor y el asombro de los asistentes, Gates les advirtió que los mosquitos no estaban infectados con el virus de la malaria, pero que esa sensación que experimentaron durante algunos segundos, era el terror que sacudía la vida cotidiana de cientos de millones de personas alrededor del planeta, por causa de una enfermedad prevenible.
Los preocupantes datos que arrojó la última investigación realizada por el Fondo de Población de las Naciones Unidas y el Fondo de Naciones Unidas para el la Infancia, sobre los conocimientos que tienen nuestros adolescentes puntarenenses y limonenses para prevenir el contagio del VIH-sida, se ciernen sobre nosotros como los mosquitos liberados en California. Aunque la ciencia ha avanzado notablemente en controlar los efectos de esta enfermedad a través de medicamentos antirretrovirales, y aunque médicos y farmacéuticos alrededor del mundo trabajan en la búsqueda de una vacuna, por el momento solo contamos con la vacuna del conocimiento. Pueblos educados, y sobre todo juventudes educadas, son el único antídoto contra esta terrible epidemia que ha plagado la Tierra de muerte y dolor.
Todos somos potenciales portadores del virus del VIH. Todos estamos expuestos también a infectarnos. El sida no distingue entre hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, africanos y latinoamericanos, adultos y niños. La única distinción que hace es entre personas preparadas para prevenirlo, y personas no preparadas.
Tenemos entonces que hablar seriamente de educación, y tenemos que hablar más seriamente de educación sexual. Sin sonrojos ni tapujos, sin escrúpulos ni prejuicios. Cada joven que muere por causa del VIH-sida en Costa Rica, es el símbolo de una sociedad que tuvo demasiado pudor para preservar la vida. Si el 84% de las personas portadoras de esta enfermedad se infecta a través de las vías de transmisión sexual, y si de acuerdo con los datos más recientes nuestros jóvenes inician su vida sexual entre los 14 y los 16 años, nuestras escuelas y nuestros colegios son igual de importantes para combatir el VIH-sida que nuestras clínicas y hospitales.
Y en esto estamos muy rezagados. No otra cosa demuestra la encuesta realizada a adolescentes en Puntarenas y Limón, que dimos a conocer el pasado 24 de febrero. Cuesta creer que un joven de Limón sepa más sobre historia universal, que sobre el riesgo que entrañan las relaciones sexuales a temprana edad. Cuesta creer que un adolescente de Puntarenas sepa cómo resolver una función matemática, pero ignore el uso correcto del condón.
Cuesta creer que nuestros adolescentes aprendan en los colegios a fundar una microempresa, pero desconozcan por completo los valores y principios necesarios para fundar responsablemente una familia. Debemos entender, de una vez por todas, que en nuestras escuelas y colegios no estamos formando los niños y los jóvenes que quisiéramos tener, sino los que tenemos. Debemos comprender que sus preocupaciones no se limitan a los exámenes de bachillerato, sino también a sus relaciones de pareja; que al lado de su vida académica, desarrollan también una vida sexual.
Es por eso que hemos puesto en marcha un programa conjunto de “Servicios amigables en salud y educación para la promoción de estilos de vida saludables, y la prevención del VIH y el sida entre adolescentes de Limón y Puntarenas”. Porque queremos caminar en la dirección del conocimiento, no de la ignorancia; en la dirección de la comprensión profunda de la realidad con que tenemos que lidiar, no de la entelequia de una sociedad platónica. Nuestros adolescentes no solo necesitan escuchar, sino sobre todo ser escuchados. Necesitan espacios para divertirse, para aprender y para soñar, pero también para hablar de sus inquietudes y manifestar sus preocupaciones sobre vida de pareja. Necesitan conocer el dolor y las dificultades que entraña infectarse con el virus del sida, pero también deben conocer a la perfección las causas de su transmisión. Necesitan ser educados en español y química, pero también en sexualidad y valores. El escritor británico John Ruskin dijo una vez que no hay mayor riqueza que la vida. Al educar a nuestros adolescentes en sexualidad y prevención del VIH-sida, estamos protegiendo esa riqueza, que es mucho más frágil de lo que pensamos.