Carlos Denton

Carlos Denton

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Miércoles 15 Junio, 2011


Leonardo Garnier tiene la razón


El plan para reordenar el calendario escolar preparado y promovido por Leonardo Garnier debería recibir el apoyo de los docentes, los educandos y de sus padres. Permitiría un mejor aprovechamiento del tiempo y un uso más racional de las instalaciones, sin afectar en absoluto la situación laboral de los educadores.
Cuando en 1869 se estableció el sistema de educación pública gratuito y obligatorio, la gran mayoría de los costarricenses se dedicaban a la agricultura de subsistencia. El poquito dinero que entraba a las familias de la meseta central provenía del trabajo realizado durante la cosecha del café; allí trabajaban todos, de siete años de edad en adelante. Reconociendo esta necesidad y para permitir que los niños trabajaran, las autoridades organizaron el calendario para que no hubiera clases entre diciembre y febrero. Ahora, 142 años más tarde, los que recogen el café son nicaragüenses e indígenas provenientes de la comarca de Ngobe Bugle en Panamá.
Durante las vacaciones largas de fin de año y de principio del otro la mayoría de los niños pasan viendo televisión o sin hacer nada, y en el caso de los adolescentes, posiblemente cayendo en la trampa de tentaciones nocivas provocadas por el ocio, la curiosidad y la falta de supervisión. En la aglomeración metropolitana, donde en muchos hogares ambos padres trabajan, muchos menores pasan el día entero sin que haya adulto presente.
Los docentes reportan que al principio de cada año escolar las primeras tres semanas se dedican a un repaso de las materias vistas anteriormente. Después de tanto tiempo sin estudiar, a los jóvenes se les olvida lo aprendido. Reducir el periodo largo de vacaciones de siete a cinco semanas mejoraría la calidad de la educación y reduciría el periodo de refrescamiento.
Las dos semanas que se restan de la vacación larga con el plan de Garnier, se dan en otro periodo del año. Actualmente docentes y educandos disfrutan de diez semanas de vacaciones al año, incluyendo la Semana Santa y esto se mantiene. Además acomoda el calendario mejor; en efecto ya es un sistema trimestral. Las vacaciones vendrían en cada tanda después de los exámenes, y no antes, como es el caso a mitad de año en la actualidad.
He leído las razones de la ANDE de oponerse a esta calendarización nueva en su página de Internet y mi impresión es que su desacuerdo con lo planteado por Garnier es más una desconfianza en general en la administración del Ministerio de Educación Pública (MEP), a veces bien fundada, que en el plan.
El desorden en los pagos de salarios, la confusión en la asignación de plazas, la proporción excesiva de docentes que no están en propiedad, la condición física y la falta de seguridad en las instalaciones provocarían en cualquier grupo de trabajadores un sinsabor. Al final de cuentas, los docentes temen que el calendario nuevo implicaría recortes en las planillas, menos oportunidades y peores condiciones para ellos.
Es posible que algunos líderes de la ANDE todavía mantienen a la “dialéctica” como marco referencial en lo que es la relación trabajador patrono y visceralmente tienen que mantener “el conflicto” entre las partes, porque es lo único que conocen. Pero la misma página de ANDE reconoce el esfuerzo de Garnier de abrir espacios de comunicación con respecto al cambio propuesto, y de limar asperezas.
Sería bueno que lo aprobaran porque beneficiaría a todas las partes.

Carlos Denton
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