Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 15 Enero, 2016

 El régimen presidencialista y centralista, herencia de Carrillo, arquitecto del Estado nacional, debe ser sustituido por uno semiparlamentario, que abra paso a una democracia directa y participativa

La política como prioridad

Finales de año y comienzo de año; de diciembre a enero. Entre el vacilón y la reflexión; entre el bullicio de las fiestas en la calle y el regocijo de las familias en torno al tamal y las angustias porque agota el presupuesto y ya nos cayó “la cuesta” da enero…Tal parece ser el destino inexorable de los ticos. Sin embargo, detrás de esta anodina rutina, se esconde una dimensión de nuestra existencia que es la más seria de todas: debemos tomar decisiones que conciernen nuestra vida individual y familiar y nuestra responsabilidad como miembros de una sociedad nacional y mundial. Debemos tomar decisiones: a eso lo llamamos POLÍTICA. El siglo XXI será el siglo de la prioridad absoluta de la política, pues es el siglo en que la humanidad debe decidir si la especie sapiens debe seguir viviendo o no. Y esto que es válido para la humanidad, lo es para las naciones y las personas individuales. Todo lo cual implica asumir responsabilidades. Y esto no le gusta a casi nadie. Preferimos seguir siendo niños política y psicológicamente porque odiamos asumir responsabilidades de adultos. Freud y Sartre sostienen que el hombre huye de la libertad porque la teme; prefiere la irresponsabilidad del niño, como afirma en su célebre novela “El tambor de hojalata” Günter Grass, para explicar cómo la gran mayoría de su pueblo, Alemania, apoyó frenéticamente a Hitler. Esto explica por qué las “masas” (Ortega y Gasset) prefieren el despotismo como forma de gobierno y el totalitarismo como ideología. Me pregunto con mal disimulada preocupación si no es eso lo que está pasando en Estados Unidos, cuando veo el delirio que rodea al “evitable ascenso” de la candidatura de Trump, o el clamor de algunos comentaristas nacionales que claman por un líder fuerte. No es allí donde se debe buscar la causa de la “debilidad” que se endilga a Obama para liderar la potencia del Norte, o la “indecisión” a Luis Guillermo al frente del Ejecutivo en Tiquicia. Las causas son estructurales y no personales, son políticas y no psicológicas.
Gobernar, decía Hegel, es crear instituciones que se adecuen a nuestros ideales. Lo decía tratando de explicar el fracaso del jacobinismo en la Francia revolucionaria de finales del s. XVIII. Los jacobinos forjaron grandes ideales pero no crearon las instituciones para hacerlos realidad, con lo que generaron un vacío de poder que solo el despotismo ilustrado de un general convertido en emperador, pudo llenar. Proponer un despotismo a la tica (o a la gringa) podría ser una solapada invitación a que surja un Führer acá y allá. Si queremos asumir para bien los retos que la historia nos depara en estas primeras décadas del s. XXI debemos tomar conciencia de que en las elecciones pasadas, más allá del golpe al bipartidismo, hubo el inicio de un cambio estructural del Estado nacional. El régimen presidencialista y centralista, herencia de Carrillo, arquitecto del Estado nacional, debe ser sustituido por uno semiparlamentario, que abra paso a una democracia directa y participativa. En cuanto a las potencias mundiales, solo a través del diálogo político podrán evitar la destrucción de la Naturaleza y la guerra nuclear, como paso previo a la trasformación de las Naciones Unidas en un Estado planetario.