Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 22 Enero, 2016

Solo se es libre si se usa el poder para cultivar valores; de lo contrario, solo hay libertinaje

La paz: imperativo categórico

Según la ética, el valor supremo es la vida; por lo que la mayor amenaza para preservar y fomentar la calidad de vida es la violencia. Esta tiene dos causas: los eventos naturales, tales como las enfermedades y los cataclismos por un lado y, por el otro, la violencia que unos humanos ejercen sobre otros, siendo la guerra su más espernible manifestación. A la primera se la combate recurriendo al conocimiento científico y a la tecnología que en ella se funda. La violencia entre humanos se controla mediante la aplicación del método científico a la conducta humana. Todo lo cual le confiere al ser humano un poder casi absoluto. A este poder, desde la Revolución Francesa, lo llamamos LIBERTAD. El poder que otorga la libertad la ejercen las colectividades mediante la política. A la política se la dignifica mediante la ética. Los principios y valores éticos, al aplicarse a circunstancias concretas, se manifiestan en la conducta moral de cada uno y en la creación de instituciones y leyes en la esfera social. Se han concebido la ética y las leyes de dos maneras. Una, la habitual, es verlas como una forma de controlar a quienes detentan el poder (político, económico, mediático, religioso, familiar, etc.) a fin de que no se conviertan en déspotas. Bajo esta óptica, la moral y las leyes solo tienen una función meramente negativa: condenar y penalizar el mal. La otra manera, es ver en las leyes e instituciones el instrumento indispensable para incitar al bien como manera de sentir asco por el mal. En su forma más palpable, lo vemos en el papel que en la sociedad ejercen dos personajes: el maestro y el policía. El primero tiene como función educar en valores, el segundo castigar el vicio. En medio de ambos, están los políticos y los jueces: los primeros para promulgar leyes justas, los segundos para interpretarlas racionalmente.
La mayor responsabilidad que tiene la humanidad actual, especialmente las naciones más poderosas, es hacer que el poder que proviene del avance de la ciencia y la tecnología no engendre muerte y destrucción, sino que sea el instrumento idóneo para hacer realidad la utopía con que siempre han soñado los pueblos: LA PAZ. Como diría Kant, la paz es la condición de posibilidad de la vida. Sin paz no habrá a muy corto plazo ninguna manifestación de vida en el planeta. Para ello debemos acabar con la guerra contra la Naturaleza y terminar las guerras entre los hombres. Como primer paso para lograrlo, es imperativo que TODAS LAS NACIONES se sometan a los tribunales penales internacionales y apliquen los acuerdos a que se llegó en la cumbre de París en los plazos fijados. Por su parte, los medios deben convertirse en cátedras para fomentar los más altos valores y no en insidiosos instrumentos para exaltar la violencia y divulgar la mentira. Solo se es libre si se usa el poder para cultivar valores; de lo contrario, solo hay libertinaje. Y el libertinaje es prueba irrefutable de decadencia. La mejor manera de preservar la biodiversidad es enamorándose de la Naturaleza. La mejor manera de controlar la violencia es enamorándose del bien y la belleza. En conclusión, y siempre siguiendo a Kant, la paz se ha convertido, hoy más que nunca, en un “imperativo categórico”.

Arnoldo Mora