Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 25 Marzo, 2013

No creo que un alumno sea un envase que debo llenar de conocimientos. Quiero ayudarlos a crecer como creadores. Que logren tener un pensamiento crítico


La mayéutica socrática

Desde hace un poco más de un año la vida me enfrentó a un nuevo reto, ser profesora. El oficio solo me ha confirmado una certeza: solo sé que no sé nada. Sabia sentencia de Sócrates.
Aunque el máximo filósofo griego no dejó ningún escrito, sus discípulos, Platón y Aristóteles, le adjudican un método de enseñanza absolutamente brillante: la mayéutica.
Sócrates enfrentaba a todo ateniense que quisiera dialogar con él a una serie de preguntas. Los ponía a dudar sobre las verdades absolutas impuestas por la cultura, la fe, la tradición. Trataba de ayudarlos a encontrar posiciones más objetivas, libres de prejuicios. Estaba convencido que el diálogo era un instrumento dialéctico para llegar al verdadero conocimiento.
Las verdades absolutas solo están en las ciencias puras: matemáticas, física, química… En otros campos, que son la mayoría, la subjetividad nos domina.
¿Cómo enseñar filosofía, artes plásticas, literatura, política, relaciones públicas, comunicación (por mencionar algunas áreas) con reglas específicas y estrictas?
Intento que mis alumnos aprendan a escribir guiones, monólogos, obras de teatro. Cada corriente literaria tiene ciertas reglas pero el camino de la creatividad para lograr cada una de ellas es tan específico como el ADN.
Debo conocer a mis alumnos, más allá de sus nombres y género. ¿Cuál es su origen? Social, cultural, geográfico, familiar, económico, sicológico…
Vuelvo a Sócrates, y caigo en Lacan: el diálogo me permite ayudar a cada estudiante a descubrir quién es y qué lo afecta. Que logre hacer consciente su inconsciente. Lo intento. A veces lo consigo.
No quiero imponerme. No creo que un alumno sea un envase que debo llenar de conocimientos. Quiero ayudarlos a crecer como creadores. Que logren tener un pensamiento crítico. Que no se aferren a las creencias que les han sido impuestas ni a las que han adquirido por prejuicios.
Si quieren ser “chancletudos”, que lo sean por voluntad propia, no por esnobismo. Igual si se quieren poner tres piercings, cinco tatuajes o un vestido amarillo chillón con un collar rojo, ¡denle viaje! Quiero, eso sí, que aprendan a aprender. De todos, de cualquiera.
Al inicio de este semestre les pedí a mis alumnos que se autodefinieran en tres palabras. Las respuestas fueron clarificadoras. Uno de ellos aseguró ser consecuente. Me encantó que alguien escogiera ese atributo.
Sócrates fue consecuente hasta la muerte. Creía tanto en el cuestionamiento de las verdades absolutas que, cuando fue juzgado por 500 ciudadanos atenienses por “corrupción de los jóvenes” (los había hecho pensar y reflexionar), y luego de aceptar el veredicto de culpable de 280 sobre 220, dirigió ante el jurado una perorata tan “irreverente” que fue condenado a muerte por gran mayoría (360).
Aceptó su condena bebiendo la cicuta que le prepararon y pasó a la historia como el filósofo más grande de todos los tiempos.


Claudia Barrionuevo

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