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Miércoles, 8 de abril de 2020



COLUMNISTAS


La Costa Rica de los ‘70

Alvaro Madrigal [email protected] | Jueves 01 agosto, 2013


Entre 1961 y 1971 las inversiones en educación, salud e infraestructura económica recibieron alta prioridad. Así, creció la economía y se dispuso de la fuerza de trabajo requerida


De cal y de arena

La Costa Rica de los ‘70

Bajo el impulso de las reformas sociales y económicas de Calderón Guardia y de Figueres Ferrer, el desarrollo humano en Costa Rica llegó a cotas y realidades ejemplares.
Entre 1961 y 1971 las inversiones en educación, salud e infraestructura económica, incluida la extensión agrícola, recibieron alta prioridad. El PIB se duplicó en términos reales (en 1971 el PIB per cápita fue de $586) y de una comparación con Taiwán, India, Brasil, Sri Lanka y Filipinas, solo Taiwán creció más rápidamente.
La desigualdad, medida por el coeficiente de Gini, fue de 0,44 en 1971. En esos 20 años se logró una significativa reducción de la pobreza: los no pobres pasaron de 49% a 80% y la proporción de familias por debajo de la línea de pobreza absoluta de ¢250 a precios constantes, cayó de cerca de un 20% a un 10% de los inicios de los ’60 a los inicios de los ‘70.
“Así, la pobreza absoluta fue aliviada… y aliviada rápidamente”. La población creció y el número de trabajadores sin educación disminuyó significativamente en tanto el número que completó solo los tres primeros años de primaria se elevó alrededor de un 4%, los que completaron entre cuatro y seis años aumentaron cerca del 88%, los graduados de escuelas de enseñanza media crecieron 166% y el número de graduados universitarios 185%.
“En resumen, la economía costarricense creció, creó más oportunidades de trabajo en el sector moderno y dispuso de la fuerza de trabajo calificada requerida”, datos todos de Víctor Hugo Céspedes y Ronulfo Jiménez en Evolución de la Pobreza en Costa Rica, recuento publicado en 1984 y que repasarlo hoy resulta altamente demostrativo de que aquellas políticas públicas fueron acertadas y catapultaron al país a cotas envidiables.
No andábamos tan mal ni los logros de aquel modelo de desarrollo fueron escuálidos. El país creció, lo hizo acorde con los principios de la justicia social y —lo más importante— bañó de calidad a su institucionalidad democrática.
Luego vino aquella crisis que tumbó tantos logros cuando el ingreso salarial medio se desplomó hasta en un 35% en algunas decilas de la medición, la desigualdad (coeficiente de Gini) pasó de 0,44 a 0,47 y la producción y el consumo per cápita, para el conjunto de la población, retroceden a los niveles existentes una década atrás.
La inflación se disparó, igual el déficit en los presupuestos y el endeudamiento; ni qué decir de la devaluación del colón, todo en un entorno de gravosos intereses, petróleo caro y abierta intromisión internacional en las decisiones económicas y políticas nacionales.
Levantarnos exigió un esfuerzo extraordinario, con un sacrificio asumido desigualmente entre los estamentos sociales. En ese salto, la conjunción de fuerzas políticas y económicas dueña del gobierno impuso un modelo de desarrollo económico muy distinto, fundado en la apertura comercial, el proteccionismo a nuevos actores de la producción en simultaneidad con la marginación de la economía tradicional y —lo más grave— la inanición del Estado Social de Derecho. Seguiremos.

Álvaro Madrigal
 

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