Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 17 Febrero, 2011


De cal y de arena
La camisa de doña Laura


La camisa le quedó grande. Realidad que a mí no me sorprende pues siempre he tenido en claro que la postulación de doña Laura Chinchilla como candidata de Liberación Nacional obedeció a una jugada de ajedrez de los hermanos Arias, en un cálculo de probabilidades que también tomó en cuenta la división de los partidos de otras confesiones. Lo que sí me ha sorprendido es la rapidez con que se le agotaron los espacios. En solo nueve meses la gestión presidencial encalla, su brújula se disloca, los conflictos internos le desgarran y la jefe de gobierno no parece rodeada de los mejores consejeros políticos para una difícil circunstancia esencialmente política.
La Presidenta no se da cuenta de su orfandad política (quizá anestesiada por el incienso de chirraca que le quema La Nación en su pleito con los Arias) ni ve las graves falencias que padece su gabinete ni la inaplazable necesidad de un golpe de timón que incluya la adopción de un plan de trabajo para lo que le resta del periodo (la realidad es que no hay tiempo para sueños de estadista) fundamentalmente para apagar los incendios en relaciones exteriores, finanzas, infraestructura, seguridad pública, sector agropecuario y relaciones con los sectores políticos y sociales. La Presidenta debe buscar cómo construir las bazas políticas que hoy su gobierno no tiene y que dentro de su partido se le regatean. Y para ello debe recomponer su fundido gabinete y hacerse de un plan de trabajo realista y realizable, también palatable para los grupos políticos que podrían darle los acompañamientos que sus valedores de ayer le niegan. Por esta ruta, la señora Presidente podría encontrar la forma de convocar a un gobierno de unidad nacional.
Por lo pronto, veo que las renuncias en el gabinete no son las renuncias necesarias. Sus reemplazos, por calificados que sean, no van a trabajar en las áreas en crisis ni van a responder a la cruda realidad de un gobierno que carece de viabilidad política desde que los hermanos Arias decidieron dar muestras de que el poder político lo retienen ellos y de que son ellos los que controlan y dosifican las decisiones fundamentales. Con torpeza y descaro muchas veces, pero sin nada que debilite la fortaleza de sus hilos, como se reitera cada vez que los cortesanos del poder —aún en el mismo alero de la Casa Presidencial— corren a proteger sus espaldas a sabiendas de que en un mañana no lejano los Arias recibirán las aguas bautismales que les confirmarán —otra vez— como los grandes y únicos con poder político en Liberación Nacional.
A medida que pase el tiempo y se ahonden el desgaste, la desconfianza, la incredulidad, la esterilidad de los resultados, las broncas internas y la percepción de incompetencia al tiempo que se aproximan las elecciones de 2014, más sola se quedará su administración y más difícil le será rescatar una ubicación honrosa en las páginas de la historia. ¿Qué espera doña Laura?

Alvaro Madrigal