Humberto Pacheco

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Martes 10 Febrero, 2009

TROTANDO MUNDOS
La Huelga de Pilotos de Iberia

Humberto Pacheco

A fuer de tanto fumar durante los vuelos, en un espacio tan reducido como lo es la cabina de mando de sus aviones —algo tan prohibido para éstos como para sus pasajeros— los pilotos de Iberia han contraído un grave caso de ofuscación mental y quieren destruir su fuente de subsistencia. En medio de una crisis financiera mundial que afecta seriamente todos los sectores empresariales, culpables ó no, en particular a las compañías aéreas, los aviadores declararon una huelga contra su patrona que bien podría llevarla a la quiebra. Esto los dejaría sin empleo, así como a cientos de otros empleados que no tienen injerencia en el asunto.
La huelga se han mantenido en forma velada, cobrando otro matiz, pues la forma en que han tenido que sufrir los pasajeros ha sido extremadamente injusta y los mecanismos utilizados, antiéticos y hasta peligrosos. Por un lado, atrasar la salida por mucho tiempo (hemos sabido de casos de hasta cuarenta horas) resulta dañino para la salud de niños y personas de la tercera edad ó frágiles. Por el otro, gastar inútilmente el combustible de una nave que, como en el caso que padecimos, debe cruzar el Océano Atlántico en un vuelo de más de diez horas, es arriesgarse a no tener suficiente sí una emergencia ó el mal tiempo le obliga a desviarse del punto de destino.
Además, representa un incumplimiento grave de lo prometido a los pasajeros cuando compran su boleto. A todas luces esto tiene visos de ser asesoría legal de la mala. En vez de simplemente oponerse a volar las naves, dando aviso oportuno para que los pasajeros hagan otros planes, los aviadores pasan, a paso de tortuga eso sí, por todos los pasos técnicos, procurando aparecer muy cuidadosos al sobrepasar su tiempo límite de vuelo. Durante ese proceso cumplen las normas pero perjudican a los pasajeros, peones indefensos a quienes no guardan respeto, y éstos terminan enojándose con la línea aérea. La semana pasada nos tocó el turno en un vuelo procedente de Madrid. Se nos había asegurado que la huelga ya estaba resuelta y por eso nos quedamos con Iberia, en vez de buscar alternativa.
No hay que ser un viajero experimentado para detectar la estrategia. El comandante empieza por ver problemas que normalmente no tienen importancia: que sí el asiento funciona bien; que sí llegó el equipaje de los últimos pasajeros que transbordaron de tal ó cual lugar; que está nevando y hay que rociar el avión.
En verdad, las cuatro gotas de agua helada que al caer sobre nuestro avión se derretían, no ameritaban el enorme gasto de rociarlo. No confundamos esto con un riguroso código de seguridad que exigimos cada vez que volamos. Pero las sutilezas no lo eran tanto y el contraste con una buena nevada era evidente. En Chicago ó Francfort estos señores habrían guardado el avión hasta el verano.
Finalmente arrancan los motores y, más despacio que a pié, nos dirigimos al otro lado de la pista a ser rociados. Allí esperamos largo rato mientras deshielan otros aviones de Iberia, en tanto los de otras compañías despegan. Han transcurrido más de dos horas y, de seguir así, muy pronto se vencerá el tiempo que pueden estar activos los pilotos y tendrían que declarar el vuelo abortado.
Para nuestra fortuna deja de llover y, antes de que vaya a embarazarlos el sol que estaba al otro lado de las nubes, no les queda más remedio que despegar. Nos preguntamos sí le habrán puesto suficiente combustible al avión, ya que desperdiciaron enormes cantidades durante esos movimientos.
Nuestro malestar provoca que el Comandante nos venga a dar explicaciones y, aunque muy cortés, sus pamplinas agregan insulto al daño. El derecho a la huelga es inalienable; violentar el de terceros para ejercerlo, no. Destruir la propia fuente de trabajo, de morones.

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