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COLUMNISTAS


La disputa de género en espacios políticos

Alejandro Madrigal [email protected] | Viernes 10 febrero, 2017


Las mujeres tienen al menos tantas habilidades como los hombres, pero la sociedad en la que vivimos no permite que ello se vea

La disputa de género en espacios políticos

Acaba de iniciar el año electoral. Los partidos políticos ya comenzaron la disputa y el proceso para seleccionar a sus futuros candidatos(as) a la Presidencia de la República y a las diputaciones.
Hasta el momento se conocen más de 20 personas precandidatas, entre las cuales solo aparecen dos mujeres. Una de ellas, tal vez hablando desde cierta posición de privilegio, dijo en la prensa que las cuotas afirmativas para mujeres en espacios políticos no deberían existir y que a las mujeres se les debería otorgar un puesto o candidatura basándose únicamente en sus capacidades. Claro que esto, en principio, suena maravilloso e ideal. Pero antes exploremos algunas realidades o expresiones de desigualdad que seguimos viendo hoy en día en puestos políticos.
La primera es sumamente clara: para las próximas elecciones habrá, como máximo, dos mujeres aspirantes a la Presidencia de la República (una de las cuales parece ignorar irónicamente que exista desigualdad entre hombres y mujeres), todos los demás serán hombres. En las elecciones anteriores, no hubo un solo rostro femenino en esa papeleta. En suma, en casi 200 años de vida independiente, solamente una vez hemos tenido una Jefa de Estado mujer, y como para muchos no lo hizo tan bien, actualmente hay quienes descartan por completo a la mujer como individuo incapaz de gobernar. La Asamblea Legislativa siempre ha tenido una presencia minoritaria de mujeres. Siempre. Hoy día, de los 57 espacios, solo 20 son ocupados por mujeres (un 35%), cifra que se ha mantenido más o menos constante desde 2002. Antes de ese año, en los años del bipartidismo PLN-PUSC, la proporción de mujeres era aún menor.
Por un lado, podemos ver que las medidas que han implementado muchos partidos políticos sumadas a las reformas al Código Electoral para garantizar acciones afirmativas en favor de las mujeres han logrado ampliar muchos de sus espacios; pero por otro, siguen siendo insuficientes.
Si analizamos también las jerarquías en los ministerios, gobiernos locales, instituciones autónomas, universidades, instituciones financieras, intendencias, colegios profesionales, sindicatos, y un gran etcétera, el patrón se repite: hombres son completa mayoría en puestos de jerarquía, dirección o rectoría. Esto se repite en el sector privado, entre accionistas, miembros de juntas directivas, los CEO y demás puestos de toma de decisiones en las empresas y corporaciones de este país. Y lo que sucede aquí en Costa Rica se repite en decenas de países con un sistema político-económico similar al nuestro. El hecho tal vez más contundente es que aquí y en muchísimas partes del mundo occidental, las mujeres estadísticamente ganan menos que los hombres por hacer el mismo trabajo.
¿Es esto un reflejo o consecuencia de una sociedad estructuralmente patriarcal? Desde mi óptica no lo dudo, la evidencia es clara. Y creo que gran parte de la raíz de esta desigualdad es la diferencia de oportunidades y condiciones que tenemos desde que nacemos. Lo cual se agrava entre más ajustada o complicada sea la condición socioeconómica de la familia.
Desde el inicio las mujeres tienen que afrontar mayores dificultades para alcanzar el mismo objetivo que un hombre. En muchos hogares, las responsabilidades en el hogar se distribuyen desigualmente entre hombres y mujeres (aun desde muy jóvenes). Las estadísticas son claras y en parejas de distinto sexo, las mujeres destinan varias horas más al día que los hombres para tareas de la casa, aun cuando ambos trabajen fuera.
Con el cuido de los hijos, la diferencia es abismal, como lo es la diferencia que hay en la proporción entre madres solteras y padres solteros. La maternidad en general suele ser muchísimo más absorbente que la paternidad, que con frecuencia solo implica cierta obligación económica. Además, que las mujeres y solo las mujeres deben cargar con nueve meses de embarazo. Todas estas asimetrías, y muchas otras, generan una consecuencia muy reveladora: la pobreza en América Latina tiene cara de mujer joven. Las mujeres son muchísimo más golpeadas por condiciones de pobreza que los hombres, porque para los hombres es muy fácil marcharse para evitar una paternidad indeseada.
Y eso sin entrar a discutir el montón de cosas sobre las que las mujeres son objetivo de críticas que nosotros no. Mucho asociado a su aspecto físico, por ejemplo. Las mujeres son víctimas de violencia en una proporción impresionantemente mayor que los hombres. En cuanto a violencia intrafamiliar y acoso sexual, la víctima rara vez será un hombre y el victimario prácticamente nunca será una mujer. A los hombres y a las mujeres no nos juzgan de la misma forma. Es una presión social que influye negativamente desde muy jóvenes.
¿En qué se traducen todas estas diferencias? En que las mujeres tienen que trabajar mucho más para alcanzar el mismo logro que un hombre. Y en política sobran ejemplos. Si no se construyen políticas afirmativas (en paralelo a medidas para derribar dichas asimetrías), se es cómplice de esta problemática estructural y solo una minoría de mujeres con algún privilegio o condición ventajosa llegan a puestos de poder.
De igual forma a como es injusto poner a competir al muchacho que salió de un colegio privado de excelente nivel académico, con todas las condiciones más favorables, con el muchacho que estudió en un colegio con un nivel deficiente y con una condición socioeconómica muy complicada. Ambos podrían tener igual talento, pero si se les pone a competir, sin duda el primero podrá demostrarlo mucho más. Eso mismo pasa cuando se pone a competir hombres y mujeres "en igualdad de condiciones". Desde el inicio, esa igualdad de condiciones no existe.
Las mujeres tienen al menos tantas habilidades como los hombres, pero la sociedad en la que vivimos no permite que ello se vea. Por esto las cuotas y demás acciones afirmativas pretenden ser una medida temporal para paliar una situación tan asimétrica. El objetivo final es llegar a no necesitarlas y que como sociedad alcancemos la paridad de forma natural.


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