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Sábado, 19 de octubre de 2019



COLUMNISTAS


La Costa Rica de ayer, el costarricense de hoy

Natiuska Traña [email protected] | Viernes 28 junio, 2019


Ante el comportamiento que han ido asumiendo sectores de nuestra sociedad en estos días, el cual es ajeno a los valores que profesamos los costarricenses, pareciera necesario recordar que es lo que caracteriza el SER costarricense, no queda de más refrescar estas nociones a partir de “El Costarricense”, obra literaria emblemática de nuestro país, escrita por Constantino Láscaris (benemérito de la Patria).

En el momento actual, no queda más que sentirse como un "extranjero"; donde el costarricense de hoy, está siendo ajeno a esta descripción. Costa Rica era una sociedad donde los ticos sabían convivir, buscaban una vida tranquila, eran rebeldes ante los impuestos y los curas; preferían irse al campo para abstenerse de los sacramentos y pagar los diezmos. Los costarricenses éramos seres de "enmontañamiento". Un costarricense de carácter tímido e individualista. Muy humilde, muy choteador; eso sí que no se le metan mucho las instituciones en su diario vivir, no le importa que la vida sea dura; mientras sea tranquila.

Ciudadanos desconfiados, taciturnos, respetuosos de la vida humana y del valor de la conducta de los demás. Creían en construir su hogar con su propio esfuerzo, de lo conseguido con sudor de la frente. Ese tico, no peleaba por tierras porque cada uno respetaba la propiedad del vecino.

Ahí en la montaña, se valoraba a los demás por su comportamiento, transparencia, inocencia y naturalidad, esa era la cotidianidad. El involucramiento estatal buscaba mejorar las condiciones de los ciudadanos y permitirles desarrollarse a partir de instituciones y políticas públicas que permitían el desarrollo, más no buscaban impedir el crecimiento del individuo.

Hay que rebuscar al tico de la montaña, al tico aislado e individual; que nos ha diferenciado históricamente del resto de Latinoamérica. Ticos excepcionales en el ámbito cultural y político, con bases en el respeto mutuo y la posibilidad de la libertad individual, asumiendo la responsabilidad propia de sus acciones y su destino.

Como bien lo analizó Láscaris, el costarricense se caracteriza por ser naturalmente libre, no se rige por mandatos institucionales de igualdad ante jerarquías religiosas o autoridades políticas. Láscaris destaca que el tico es “concho” y lo define como un campesino “vivo” e independiente. Y aquí́ extrae una conclusión importante: “Campesino de valles de montaña, individualista y pacífico, viviendo la vida día a día y desconfiando de los gestos extremados, astuto e introvertido, el concho es necesariamente demócrata. Los totalitarismos y los cesarismos le repugnan”.

Parece que nos olvidamos de las raíces, el tico es libre, el tico abomina que ejerzan control en su manera de vivir, pero siempre respetuoso de la autoridad y de la libertad de los demás, es hora de que hagamos una pausa y no demos paso a comportamientos como los acaecidos esta semana. La incertidumbre económica debe ser un aliciente para que hagamos efectivos los cambios hacia la nueva revolución industrial, donde debe imperar el involucramiento de los ciudadanos para desarrollar nuevas formas de hacer las cosas y desde la proactividad y medios pacíficos, demandar al gobierno generar las posibilidades para promover el crecimiento económico y tecnológico que no se detiene.

Gracias al país de paz en el que vivimos, es que no se ha desarrollado una conciencia histórica que haga al ciudadano valorar los errores de sus antepasados y nunca querer repetirlos. No hemos pasado por guerras o por holocaustos, no hemos vivido calamidades que mellen el sentido de ser costarricense. Detengamos la antesala de una crisis, de conflictos, para desarrollar una conciencia histórica; no existe el reino de los cielos en la Tierra, ni los delirios de cánticos de sirenas que le vengan a mágicamente solucionar la vida. Existimos nosotros, libres y capaces de hacer cambios para volver a escoger a la Costa Rica de la montaña, donde sólo se necesita de voluntad y “arrollarse las mangas” para salir adelante.





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