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COLUMNISTAS


Humo Sapiens

Tomas Nassar [email protected] | Jueves 13 enero, 2011



VERICUETOS
Humo Sapiens

Todo cambia en esta vida. Comencé a fumar a eso de los 14 años, por efecto del ejemplo: todo el mundo fumaba en mi casa, los maestros y profesores, en los buses, en el museo, en los taxis, en los restaurantes, a la salida de misa, en la calle, etcétera, etcétera.
Fumar era, cosa curiosa, inofensivo y socialmente aceptable. Nadie se moría porque fumaba y a nadie se aislaba porque no se hablaba de eso de “fumador pasivo”.
En los cines se fumaba a pierna suelta y no eran raras las escenas en que el glamour de las actrices lo aportaba el pitillo melancólico…”fumando espero….”. Detectives, vaqueros, policías, ladrones, excéntricos millonarios, mujeres sensuales. Con excepción de Batman y Robin, podría decirse que todos los actores fueron filmados echando humo.
En San José hubo incluso salas de cine bautizadas como marcas de cigarros: Rex, Capri.
Niños, jóvenes y adultos, todos tenían acceso a un paquete de Ticos, Derby o Piel Roja. Los precios eran muy razonables para todos los bolsillos y hasta se vendían sueltos. A nadie se le negaba un cigarrito. Todos eramos fumadores solidarios, compartíamos chingas y nos pasábamos “las tres” sin reparo ni miedo a algún contagio.
Los carajillos jugábamos “cigarro” en media calle, coleccionábamos cajetillas y había cigarros de juguete, de chocolate y hasta de chicle. Fumar era importante para ser mayor, elegante y hasta valiente. Para ser hombre había que fumar, sacar el humo por la nariz y hacer círculos de humo. Habilidades que nos daban un estatus particular.
Nadie se importunaba ante un cigarrillo, un puro o, incluso, una cachimba. Por el contrario, si ésta última se encendía con tabaco aromático, su propietario era el más popular del lugar.
Yo incluso llegué a hacerlo en la mismísima aula del colegio, a vista y paciencia del cura que nos permitía darle duro a la fumadera porque le resultaba imposible predicar con el ejemplo. Claro que la regla era la prohibición completa, absoluta e incuestionable, pero aquel en particular, que fue uno de los sacerdotes más contestatarios que he conocido, sucumbía ante el pito como cualquier pecador.
No sé cuándo exactamente empezó a cambiar la cosa y cuando los que éramos fumadores comenzamos a ser vistos como lacra social. El estigma y la conciencia sobre los efectos perniciosos me hicieron abandonar el hábito, no sin un enorme sufrimiento que aún hoy, tantos años después, me sigue agobiando.
Los españoles acaban de ponerle la puntilla al vicio. En uno de los Estados más consumidores de tabaco del mundo entró en vigencia el 1º de enero pasado la nueva ley antitabaco. Un reto para los españoles que ya no podrán encender un cigarrillo en lugares públicos cerrados y en algunos espacios abiertos, como los parques infantiles y el entorno de hospitales.
La medida, producida en una época muy difícil para el gobierno de Zapatero, ha despertado desobediencia civil, en particular de los propietarios de restaurantes y establecimientos similares que se ven expuestos a multas de hasta 800 mil dólares por permitir fumar en sus negocios.
Los españoles y españolas, verdaderos “humo sapiens” están dejando de fumar. Ya nada es imposible.