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Esclavitud económica, otra forma de violencia de género

Marilyn Batista Márquez mbatista@batistacom.com | Jueves 24 noviembre, 2022


Existen muchos tipos de violencia, que no se circunscriben al daño a la integridad corporal de una persona. Una de ellas es la violencia económica hacia las mujeres, que tiene diferentes manifestaciones.

Camuflajeada en el envoltorio de protección, defensa y cuidado, el esposo o compañero sentimental, mantiene el control total de los recursos financieros de la mujer (“por su bien”), para lograr o intentar conseguir la dependencia económica y el control sobre ella.

Subyugada económicamente, que incluye desde la prohibición de trabajar en forma asalariada o emprender un negocio, privarle o limitarle el uso y disposición de todos los bienes que tienen juntos, supervisar todo lo que gasta, hasta prohibirle estudiar e impedir acceder directamente al dinero, la mujer se ve obligada a acatar, obedecer y servir a su “proveedor-protector”, en ausencia de poder de decisión.

Este vínculo troglodita, que en algunos casos es acompañado de violencia física para causar temor, lo podemos denominar esclavitud económica femenina, vinculante al planteamiento de John Stuart Mill en “La esclavitud femenina”:

“La sujeción de la mujer al hombre es un apriorismo: no se funda en ningún dato experimental contradictorio, y por consecuencia es irracional. El origen de la sujeción de la mujer es la esclavitud primitiva y las costumbres bárbaras del género humano en su cuna. Mejoramiento del estado social, aparente sólo en lo que respecta a la mujer. La situación actual de ésta es el único vestigio que va quedando de ese estado primitivo de fuerza y esclavitud”.

La esclavitud es definida como la ausencia de derechos de modo permanente, especialmente los fundamentales de igualdad y libertad, por ejercer un tercero algunos de los atributos del derecho de propiedad, reduciéndola a la condición de objeto.

Algunas mujeres sometidas a la esclavitud económica realmente creen que son incapaces de sobrevivir sin sus compañeros, y los agresores suponen y profesan que ellas no pueden subsistir sin su potestad.

Cuando una mujer depende totalmente de la manutención de su compañero, sin que tenga la capacidad de elegir y de accionar en forma propia y voluntaria, sus derechos fundamentales, como libertad, igualdad e intimidad son vulnerados, afectando su autoestima y su capacidad de empoderamiento.

Esta situación es más común de lo que muchos podríamos pensar, porque se basa en una cultura machista, con un caudal de comportamientos y actitudes que violentan -hasta con presunta autoridad celestial- la dignidad de la mujer, porque “el hombre es cabeza de la mujer y del hogar”, Efesios 5:22-24.

Con ello se ha consolidado una cultura patriarcal, en donde el varón “mantiene” a la hembra, le paga con techo, comida, ropa y paseos -que como proveedor omnipotente selecciona-, lo cual le da derecho a no compartir el cuidado de los hijos e hijas ni las labores del hogar, y mantener una postura autoritaria en que ella debe sujetarse al él.

Difícilmente una mujer puede considerarse un ser pleno cuando su compañero rebasa el espacio de la relación humana y la lleva a la degradación, que es otra forma de violencia. Incluso en situaciones en donde aparentemente “ella lo tiene todo”, ese “todo” sin libre albedrio, es esclavitud. “La jaula de oro, aunque sea de oro, es jaula”, decían nuestras abuelas.

Pero no confundamos el concepto de esclavitud económica femenina, con las uniones en donde el hombre sostiene el hogar económicamente y la mujer opta por quedarse trabajando en la casa, con poder de opinar, elegir y transitar.

Hay hogares con hombres como proveedores económicos directos que respetan el importante aporte de las labores no remuneradas de las mujeres; expresan sus sentimientos, comparten el cuido, discuten con sus parejas el presupuesto destinado a solventar las necesidades básicas para sus hijos e hijas, y ninguno interfiere en las decisiones de desarrollo personal y profesional.

Este es el hombre y compañero, ejemplo de la nueva masculinidad, basada en el respeto y la equidad, que necesitamos para construir una sociedad de paz y poder erradicar la esclavitud económica femenina.

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