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Es-CLAVE-tud

Tomas Nassar [email protected] | Jueves 05 noviembre, 2009



VERICUETOS
Es-CLAVE-tud

¿Se ha puesto usted a pensar en cómo es su vida desde que aparecieron las computadoras? ¿Ha logrado dimensionar el nivel inconmensurable de dependencia que ha desarrollado hacia esas máquinas que tanto bien (y tanto mal) han traído a la humanidad?
No, si es que ciertamente la tecnología informática ha influido para bien en nuestras vidas de manera significativa, pero no deja de ser también una verdad que nos han convertido en sus esclavos durante cada minuto de nuestra existencia. Ciencia ficción o realidad, nuestros amos son ahora pequeños cerebros insertos en aparatos electrónicos.
Mi libertad terminó hará unos 20 años, o así, cuando literalmente arrastrado por las extrañas fuerzas de la vida, compré mi primera computadora. Nefasta influencia del vecino de enfrente.
Una Tandy 1000, de aquellas tan rápidas que había que encenderlas en la mañana para jugar “pac-man” por la tarde, de las que requerían múltiples combinaciones de teclas necesarias para sola una letra y que nos convertía casi en prestidigitadores en la operación de introducir, sacar, cambiar, sacar, introducir, una y otra vez innumerable cantidad de discos de todo tipo y colores. La mano es más rápida que la vista.
Era, literalmente, una computadora de manigueta.
Mi primer vínculo con la informática fue como coadyuvante en el proceso casi indecoroso de caminar por la ahora calle de la amargura, ayudando a transportar cientos de tarjetas hacia la Escuela de Ingeniería de la UCR, donde nos esperaba Matilde, fría e indiferente, para nuestra cita sabatina en la que mis compañeros aprendían a “perforar” y yo somnoliento esperaba en el pretil a que acabara el suplicio a que me confinaban estos primerizos estudiantes de informática, cosa rara e indescriptible, que garantizaban que estudiaban la profesión del futuro y que el derecho, que era lo mío, no era ciencia, ni arte, nada más que un oficio de recaderos judiciales; quizás.
Fue más o menos en esa época cuando escuché por primera vez el término “Internet”, no de ellos, mis amigos inteligentes, sino del padre Miguel un cura español fiebre por este tema de las computadoras. Por supuesto que para un neófito cuyo mayor logro científico era saber encender y apagar una Tandy y manosear un Atari, la descripción fue totalmente incomprensible; tan oscura como que ya presagiaba para mí un futuro de total sometimiento a estos bichos en el que ahora estoy escribiendo esta columna.
Le voy a sugerir un simple ejercicio que le ayudará a evaluar cómo su vida ha cambiado desde su primer encuentro con estos chunches, compañeros cotidianos causantes de muchos divorcios y toda suerte de otras calamidades: intente contar cuantas claves se ha tenido que aprender para poder sobrevivir, es decir, cuántos “login” y “passwords” tiene que memorizar ahora para poder accesar a todas sus cuentas de redes sociales, banca “on line”, para abrir su correo, entrar a un chat, retirar dinero del cajero automático, hacer una comprita por Internet o realizar prácticamente cualquier acto o transacción de cada día?
Ya ve, todos esos minutos-cerebro-memoria, que antes ocupábamos en recordar un buen chiste, o una cara bonita, o los personajes de un buen libro, ahora se nos van, íntegros en tratar de memorizar logins y passwords, o, al menos, intentar recordar donde los guardamos para no olvidarlos.

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