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Miércoles, 28 de octubre de 2020



COLUMNISTAS


Es tiempo del centro, de la moderación

Emilio Bruce [email protected] | Viernes 16 octubre, 2020


Sinceramente

El país ha estado durante ya unos largos años polarizado por las extremas. Las extremas que bloquearon la reforma tributaria oportuna, las extremas que tenían paralizada la construcción de infraestructura, las extremas que llenaron de sobresueldos, pluses, anualidades y remuneraciones mucho más altas que las del sector privado a los empleados públicos sin consideraciones de la capacidad de pago del erario.

Han quedado atrás los “manejos heroicos” de las finanzas públicas dónde durante los dos primeros años de una infausta administración se desdeñó cualquier impuesto para luego heredar a escondidas un hueco fiscal de novecientos mil millones de colones a la administración que siguiera. Esa misma administración en tiempos de inflación mínima creció el primer presupuesto nacional un 19,2% y la fiesta del gasto prendió fuego.

Las extremas destrozaron la reforma que el General Guardia 1871-1882, seguido por Don Próspero Fernández y rematada por don Bernardo Soto, hiciera para separar la iglesia del estado. Tuvimos un obispo consagrado con mitra y casulla de oro y gualda como ministro de la presidencia.

El gobierno se llenó de improvisados. La administración se llenó de aprendices ocurrentes. Las cosas comenzaron a fallar por todos lados. A alguno de ellos se le ocurrió suspender el libre comercio del aguacate, un ministro de estado salió con una bolsa de aguacates a entregarla cínicamente a una cadena de restaurantes que demandaba suministro de ese producto. Claro se perdió el juicio ante la organización mundial de comercio y el país deberá pagar una crecida multa en momentos de penuria.

A algún manipulador se le antojó izar la bandera multicolor en casa presidencial junto a la nacional. Nadie había tenido ese demagógico privilegio, pero estaban usando de manera burda a las minorías sexuales electoralmente. Gestos de este tipo degradaban a quienes presuntamente se deseaba ayudar. Era usarlos grotescamente para sus propósitos políticos.

El populismo produjo dividendos electorales en pueblos y ciudades. El populismo ofreció lo que no podía cumplir y lo sabía. Como estrategia de dominación política se dividió al país de mil formas. Comenzamos con la defensa de la vida, luego del aborto terapéutico que llevaba casi 90 años de ser admitido por las leyes del país y que era congruente con el derecho canónigo. Siguió el matrimonio igualitario compulsado por una recomendación vinculante de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos. En un país con religión oficial los pastores que si tienen representación y han sido nombrados en el gobierno a partir del obispo luterano repiten que “un país no se puede gobernar sin Dios” buscando mantener la división. Dios está siempre con nosotros, pero “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.”

Ya fue suficiente, ya fue demasiado, ya estamos destrozados por esta polarización que lejos de llevarnos a metas y a construir un país está despedazando el que tenemos y que se había trabajosamente construido a lo largo de doscientos años.

Es el tiempo del centro, es el tiempo de la moderación y de la serenidad. Es el tiempo de la legalidad, el respeto y la institucionalidad. Es el tiempo de la razón y de la unidad del país alrededor de un propósito común y no la división a través de pretextos, de emociones, de imágenes efectistas. Es el tiempo de dejar de destruir desde las instituciones y desde las calles.

Es el momento de buscar acuerdos y áreas de coincidencia y claro está no es el tiempo de manipular los acuerdos ni la composición de las mesas de diálogo. Es el momento de volver a ser los costarricenses de siempre, apegados a derecho, deseosos de cumplir con su trabajo diario, construir una vida o culminar una profesión. Todavía es tiempo de salvar la paz y la concordia y la herencia recibida.

Las extremas nos han despedazado. Los impolutos de la ética que a todos descalificaron por ser ellos los únicos limpios, deben de cesar en su destructiva labor. Los que usando la religión y a Dios pretenden ocupar el poder político y terrenal ya es el momento de que cesen su daño social y regresen a sus casas de oración y se conduzcan conforme al cristianismo.

Los estatistas y los privatizadores bien harían en ceder para encauzar de nuevo el estado social de derecho que el país ha vivido, pero corrigiendo los errores cometidos. Los que señalan a los empleados públicos como los enemigos del país siendo que estos son indispensables bien deberían reconocer su utilidad y aquellos funcionarios y dirigentes que están recibiendo privilegios abusivos, deberían también reconocerlo.

Ya fue suficiente. Ya fue mucho. ¡De vuelta a los valores! ¡De regreso al orden, al respeto, a la tolerancia, al sentido común, al trabajo, a la institucionalidad, a la justicia social! ¡Es tiempo del centro, de la moderación! La patria siempre es primero.

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