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Lunes, 3 de agosto de 2020



COLUMNISTAS


Entre hombres y machos

Marilyn Batista Márquez [email protected] | Martes 28 julio, 2020


Los recientes asesinatos de Luany Valeria Salazar, apuñalada siete veces, enterrada en la parte trasera de una vivienda en Cartago, y el de María Luisa Cedeño Quesada, hallada sin vida en la habitación de un hotel en Quepos, con varios golpes y heridas de arma blanca, evidencian que los femicidios, son perpetrados por machos, no hombres.

La palabra hombre, según el Diccionario de la Real Academia Española, es un ser animado racional, varón, que tiene las cualidades consideradas masculinas por excelencia. En contraparte la palabra macho, se refiere a un animal del sexo masculino, en que supuestamente se hacen patentes las características consideradas propias de su sexo, especialmente la fuerza y la valentía.

Aunque los hombres y las mujeres tienen la misma oportunidad de delinquir, y ambos pueden ser malos o buenos, delincuentes o buenos ciudadanos, la realidad, de acuerdo a un estudio mundial sobre el homicidio de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), publicado en 2014, es que cerca del 95% de los homicidas a nivel global son hombres.

Diversos estudios, como el de Robert D. Hare, evidencian que las mujeres son menos agresivas y tienden a demostrar la agresividad en formas menos físicas. Ilustra el sicólogo Hare, que los hombres muestran una conducta antisocial mayor que las mujeres con una relación de 4:1 durante la infancia y la adolescencia, mientras que de adultos es de 8:1.

Dicho lo anterior, el feminicidio se manifiesta en la conducta de los machos, asesinando a la mujer por el hecho de serlo, de considerarla un ser humano inferior, una propiedad, un pedazo de carne, hasta someter su cuerpo a la extinción de sus vidas.

Los femicidios de Luany y María Luisa no pueden entenderse sólo como un asesinato individual, ya que forman parte de las múltiples y complejas violencias contra las mujeres.

El Global Study on Homicide en el 2018, estimó que de las 87,000 mujeres que fueron asesinadas globalmente en el 2017, más de la mitad, unas 50,000 (58%) fueron matadas por sus parejas o miembros familiares. Más de un tercio (30,000) de las mujeres asesinadas en el 2017 fueron exterminadas por su actual o ex pareja.

En el 2020, al 18 de junio, se habían registrado 6 femicidios confirmados por la Subcomisión Insterinstitucional de Prevención del Femicidio, de un total de 32 muertes de mujeres ocurridas a esa fecha.

La realidad de estas cifras es que son, como lo describe la Dra. Montserrat Sagot, “homicidios crueles, con una dosis de violencia terrible, con ensañamiento. Esa es la característica por la cual los femicidios se plantean como crímenes de odio. La lógica es: esa mujer es mía, hago con ella lo que me da la gana, si siento que se me va de las manos, desato mi rencor sobre ella, sobre ese objeto”.

Si como pensaba Jean-Paul Sartre, el ser humano en su origen no tiene una conducta pre determinada, por el contrario, es algo indeterminado, y sólo nuestras elecciones y acciones forman el perfil de nuestra personalidad, entonces debemos criar hombres y no machos, porque el ser humano, en su gran mayoría, nace con la capacidad de aprendizaje y el desarrollo de las facultades intelectuales, morales, éticas y afectivas, de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenece.

Como todavía vivimos entre hombres y machos, le corresponde al Estado adoptar medidas más fuertes, concretas y ágiles para garantizar los derechos humanos que resguuarden la vida de las mujeres. En pararelo, ya es hora de impulsar coaliciones de hombres (no de machos), especialmente líderes de diferentes sectores, comprometidos en la prevención de la violencia contra la mujer, para que sean ejemplos de modelos de rol masculino positivos que se oponen a actos discriminaorios por razón de género.

Esta lucha no puede seguir tratándose como un tema en donde solo puede intervenir las mujeres, pues son los machos (no los hombres) el sujeto del problema.

Finalmente, en el seno de los hogares, los miembros de la familia tienen que educarse y educar en igualdad, porque es la alfabetización en este tema -a medio y largo plazo-, el medio más eficaz para frenar la pandemia del femicidio.

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