Luis Alberto Muñoz

Luis Alberto Muñoz

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Viernes 8 Noviembre, 2013

Todavía vemos lo indígena como una fuerza desconocida, telúrica, anónima, subconsciente, como mitos que no entendemos y por lo tanto debemos olvidar


Entre cielo y tierra

Entierros y rituales

Por más que se han querido ignorar los siglos de vida de los primeros pobladores de Costa Rica, siguen poco a poco surgiendo elementos que nos recuerdan que nuestra historia no empieza hace unos 500 años.
Me encontré una interesante colección, de hecho una de las más numerosas en posesión del Banco Central, de la cual Patricia Fernández, curadora, tuvo la complicada labor de seleccionar 75 piezas de exquisita elaboración y ampliamente reveladoras sobre ese menospreciado patrimonio costarricense.
En su mayoría se trata de jarrones trípodes, que datan desde 300 años a.C. hasta el 800 d.C., los cuales eran utilizados en actividades domésticas, así como rituales de entierros.
Mucho me ha llamado la atención, que parte de nuestras mejores muestras de objetos precolombinos haya quedado, por cuestiones del destino, por debajo de la plaza que conmemora la cultura.
Tal vez esto no sea coincidencia, sino que representa nuestro actual ritual de elocuente entierro que sigue perpetrando el costarricense, al impulso por entender sus raíces y la forma en que sus antepasados comprendían la vida, la muerte y el más allá.
El sistema de educación costarricense ha jugado un predominante papel en esta inopia cultural, el cual es aún escaso en reconocer la importancia de explorar nuestro pasado para entender nuestro presente.
Todavía vemos lo indígena como una fuerza desconocida, telúrica, anónima, subconsciente, como mitos que no entendemos y por lo tanto debemos olvidar.
Sin embargo, estas piezas de cerámica de gran sofisticación, fineza, tecnología y arte, hablan por sí mismas y nos cuentan que sus creadores vivían en sociedades con dificultades pero también con un sentido de orden social, político, económico y espiritual.
Nos narran el delicado equilibrio que veían en la vida, y su necesaria relación con los animales, plantas y su entorno.
Nos cuentan que su concepción de la muerte, suponía una existencia más allá, por lo que las cosas materiales no eran un fin para “desvivirse” como en la actualidad.
Y también nos hablan del presente. Queda claro que lo que llamamos hoy “educación”, parece ser más “adiestramiento”. Por esta razón, valiosas colecciones de este tipo, pasan a ser vistas como “artesanías turísticas”.
Felicito a la Fundación y a la directora de los Museos del Banco Central, Virginia Vargas, por esta iniciativa y por seguir abriendo conciencia.

Luis Alberto Muñoz
@luisalberto_cr