Ellos se inspiraron felizmente
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Ellos se inspiraron… felizmente…

Picasso, se quedó viendo un día la raspa (columna vertebral y espinas) de un pescado que acababa de comerse sacando la carne con la maestría de un cirujano.

Se levantó, fue por un una placa de arcilla blanda de modelar y presionó la raspa sobre ella dejándola marcada. Ese fue el inicio de lo que luego se llamó “La fuente del fósil de pescado”.

Así lo cuenta el fotógrafo David Douglas Duncan quién fue amigo de Picasso y su familia por casi 20 años inmortalizando con sus fotos muchos íntimos momentos de la vida  del pintor.

Pero no solo el arte mueve a los seres humanos a modificar su entorno.

Una joven española, con facilidad para el dibujo, empezó un día a pintar sus tenis. Ya sabemos que hoy eso es una boyante industria.

Esa necesidad humana de innovar, ha llevado a la conservación de importantes antiguas tradiciones, en la historia del desarrollo material y espiritual de los pueblos, mediante creaciones que hoy irradian belleza y significado.

Veamos el caso de las “matrioshkas” rusas. Hay diferentes teorías sobre su origen, pero lo cierto es que ellas transmiten la idea de la fertilidad. El hecho de que muñecas cada vez más pequeñas vayan dentro de las mayores, simboliza el continuo dar a luz de las mujeres perpetuando la especie. Es un mensaje de amor.

Estas antiguas artesanías se han vuelto juguetes de autor, y con la globalización saltaron a todo el mundo; Rusia tiene, desde 2001, el Museo de la Matrioshka, en Moscú, donde se pueden admirar y conocer su historia.

Si nos ubicamos en la historia de Costa Rica, pensemos que algún boyero o dueño de carreta, probablemente sintió un día la necesidad de embellecer la suya para distinguirla del resto demostrando el amor y orgullo que sentía por ella. Era lo que le permitía hacer su trabajo.

Hoy, gracias a esta iniciativa artística las hermosas carretas pintadas nos representan como artesanía en los puestos costarricenses de las grandes ferias mundiales,  y de aquí se las llevan los turistas que nos visitan.

Es comprensible el amor del boyero por su carreta. Al inicio, solo ellas podían realizar - gracias a un par de bueyes entrenados y especialmente a su entrenador, el boyero que los manejaba - la dura tarea de bajar de los cerros y montañas el grano de café por estrechos trillos por los que no podía circular otro tipo de vehículo.

Y para llegar a ser boyero, los niños debían comenzar a aprender mirando el trabajo de su padre, también boyero. Era el arte de conducir a unos bueyes que irían creciendo junto al pequeño y acostumbrándose a la persona que para siempre sería su “conductor”. El que llevaba el timón en el noble arte de la siembra y recolección agrícola, distinción absoluta de nuestras raíces.

Como en Rusia con sus matrioshkas,  acá deberíamos tener un “Museo de la carreta y el boyero”, donde se explicara al turista lo que simboliza, esto que hoy es una artesanía tradicional, en la economía nacional.

Después de todo, el café fue gran motor de la economía costarricense, impulsando su desarrollo desde 1843, cuando el capitán William Le Lacheur logra convencer a varios cafetaleros de que le confíen sus cosechas para exportarlas a Inglaterra.

Días después el “Monarch” sale de Puntarenas llevando 5.500 quintales de café tico, llenando completamente la capacidad de la nave y portando hacia Londres nuestro grano de oro por primera vez en la historia.

 

Carmen Juncos

Ricardo Sossa

 

Editores jefes de Candilejas

 

Fuentes: Libro Viva Picasso, de David Douglas Duncan, Biografía de Costa Rica de Eugenio Rodríguez y varias páginas de internet


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