Elena Poniatowska y su recuerdo de Costa Rica
Cortesía Jovel Álvarez/La República
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Por Jovel Álvarez

Ciudad de México- Los motivos que me trajeron a la casa de Elena Poniatowska deben permanecer en secreto algunas semanas más. Sin embargo, una parte de nuestra conversación reclama salir a la luz anticipadamente.
Al ver las flores que esta histórica escritora tiene en la ventana, le digo convencido que se trata de guarias moradas, la flor nacional de Costa Rica… A decir verdad, no sé si estoy en lo correcto o si se trata de simples orquídeas, pero ese comentario reveló mi nacionalidad.
Al saber que es un costarricense con quien habla, Elena hace un paréntesis en nuestra charla. Este espacio lo abre con una frase que es común escuchar cuando se platica con periodistas mexicanos sobre nuestro país.
“Costa Rica es muy libre”, me comenta.
El 17 de julio de 2001, San José fue tomada por manifestantes en contra de la violencia. En el Monumento Nacional, convergieron grupos con banderas y camisetas blancas, para protestar indignados por la muerte de Parmenio Medina nueve días antes.
Las crónicas periodísticas destacan la asistencia de diversos sectores de la sociedad, pero pasaron por alto la presencia de esta pequeña mujer a quien tengo frente a mí, y que relata con gran orgullo su participación en dicha protesta.
“En esos días en que yo fui a su país, mataron por primera vez a un periodista en la historia de Costa Rica. Parmenio. Todos salimos a la calle. Yo dije: ‘Quiero ir a esa manifestación’, porque fue muy notable para América Latina”, cuenta la escritora.
“Fueron todos. Todos los secretarios de gobierno, los ministros, todo el mundo estaba en la manifestación. Todos los ‘jefazos’ habían ido a protestar, a decir que estaban en contra. Yo estoy muy feliz de haber ido, porque recuerdo ese día como un gran ejemplo de democracia para toda América Latina”, me comenta exaltada la reconocida periodista.
Ante el recuerdo de este evento, le resulta imposible no confrontar dicha situación con lo que sucede día a día en su país, México.
“¿Usted ha visto que vaya Peña Nieto a las manifestaciones?”, me pregunta, pero la respuesta me la da ella misma, “¡Nadie va! El gobierno, el llamado establishment jamás va, ni siquiera se les ha ocurrido organizar una manifestación contra Trump”.
Nuestro paréntesis sobre Costa Rica se había convertido ya en todo un capítulo de la secreta conversación que habíamos comenzado diez minutos antes. Ante mi pregunta sobre si había regresado a nuestro país, su respuesta fue un simple “no”, pero llegó a ella el recuerdo de dos costarricenses con quienes pudo compartir.
“Antes de ir, en un congreso, conocí a una mujer muy valiosa de Costa Rica, Carmen Naranjo”, me comparte mientras una de las gatunas presencias de su casa se posa sobre sus rodillas. “Su nombre es Váis, porque su hermano es Monsi”, me comenta, aclarando que son nombres que escogió por su gran amigo, el escritor Carlos Monsiváis.
De la famosa autora de novelas como “Los perros no ladraron” o “Camino al mediodía”, Poniatowska recuerda su gran amabilidad. Sin emitir un comentario más sobre la autora cartaginesa, menciona con gran fuerza el nombre de otra mujer.
“Eunice Odio, una poetisa costarricense”, dice, y me indica inmediatamente “usted tiene que hablar de ella, era muy guapa, y yo por ahí debo tener fotos de ella”.
Según sus biografías, Eunice Odio llegó a México en 1948, debido en parte a su espíritu viajero, que la había llevado ya por varios países centroamericanos. Pese a su entusiasmo, y con una difícil historia a cuestas, las cosas en tierra azteca no marcharon como ella esperaba.
“En México le fue muy mal”, afirma doña Elena, quien la conoció durante sus años de trabajo en la Ciudad de México, entonces Distrito Federal.
La escritora mexicana recuerda la relación de Odio con el productor radial Antonio Castillo Ledón. Juntos vivieron en el mismo edificio donde habitaba y trabajaba el conocido escritor mexicano Juan Rulfo, a quien la propia Elena llegara a incomodar con sus inquisitivas preguntas.
Poniatowska recuerda también la amistad de Odio con la poetisa Margarita Michelena, y las posteriores dificultades que enfrentó Eunice al casarse con el pintor Rodolfo Zanabria.
“Usted debería hacer algo sobre ella, ella era muy valiosa”, vuelve a decirme doña Elena, mientras en su mente brotan más recuerdos de la poetisa costarricense.
“Fue muy amiga de José Revueltas, fue a visitarlo al Palacio Negro de Lecumberri”, me relata.
Revueltas fue un conocido activista y escritor mexicano de izquierda, quien fue recluido en la cárcel de Lecumberri en 1968 tras el movimiento estudiantil que terminó en la conocida matanza de la Plaza de las Tres Culturas.
De este acto represivo del gobierno en contra de los estudiantes, Elena escribió la histórica crónica periodística “La noche de Tlatelolco”, basada en lo que vio aquel 2 de octubre, y en los testimonios de los prisioneros del movimiento, con quienes habló también en dicha cárcel.
Mientras Poniatowska visitaba a los prisioneros de Lecumberri para escuchar sus testimonios, Eunice Odio visitaba a Revueltas.
“Era muy desagradable pasar por las distintas revisiones antes de lograr entrar a la cárcel, y ella aguantó todo. Siempre fue muy, muy valiente”, afirma convencida la escritora de 85 años.
“No tenía dinero”, recuerda Poniatowska sobre Eunice. “Después de Castillo Ledón, se casó con Rodolfo Zanabria, pero los pintores obviamente no eran millonarios”, me cuenta.
El matrimonio de Odio con este pintor terminó con el abandono de él para irse a París, prometiéndole mandar por ella cuando tuviera suficiente dinero. Algo que nunca sucedió.
La soledad en que vivía hizo de Eunice una aficionada a las llamadas telefónicas; cuentan sus biógrafos que pasaba largas horas hablando con sus afectos. Poniatowska recuerda que la cercana amistad con la periodista Elena Garro, primera esposa de Octavio Paz, terminó por jugarle una mala pasada.
“Elena Garro la llamaba por cobrar desde París y la dejó en la quiebra”, afirma.
El abandono y la gran precariedad económica que le dejó su marido consumieron a Eunice por completo, se refugió en el alcohol y vivió sus últimos años de la buena voluntad de los pocos amigos que le quedaban.
El final de esta historia lo recuerda Elena a la perfección: “la encontraron muerta en una tina”, me comenta.
Nuestra conversación cierra el paréntesis de Costa Rica y se vuelve a sumergir en los secretos temas que nos atañen. Continúa la entrevista, pero en mi mente queda presente la promesa que le hice de publicar para Costa Rica todo lo que me pidió. Me alegra haber podido hacerlo.

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