Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 26 Febrero, 2016

 Occidente vive el mayor proceso de mestizaje de su historia, que no es solo racial sino, ante todo, cultural, y con ello, sus visiones de mundo se confrontan

El papado en el siglo XXI

El reciente viaje del Papa Francisco a Cuba y México ha puesto de manifiesto el nuevo rostro de la más antigua institución de Occidente, la Iglesia de Roma, ejemplo en que deberían inspirarse otras organizaciones e instituciones que pretendan sobrevivir ante los retos con que la vorágine de la época actual nos desafía. Con el inicio del tercer milenio de la era cristiana, que se caracteriza por una globalización que abarca todos los ámbitos del quehacer humano, el sujeto que constituye la vanguardia de los cambios cualitativos del devenir histórico ya no es ni una etnia ni una “raza”, así sea el Homo sapiens, ni una identidad cultural o políticamente articuladas, sino la humanidad en su conjunto. La humanidad toma conciencia cada vez más lúcidamente de su “singularidad”. Ese sentimiento de unidad repercute en el ámbito de lo político.
La institución más antigua de Occidente como es el Papado Romano, heredero, tanto de las culturas antiguas del Mediterráneo, como del Medioevo y del Renacimiento que fueron la fragua de la modernidad, da muestras de una vitalidad que, luego de la Revolución Francesa y durante el siglo XIX, daba signos de decrepitud hasta el advenimiento de León XIII. Desde entonces, el Papado Romano no ha hecho sino crecer en influencia y presencia en la escena mundial. Ahora, con la llegada al papado de un jesuita proveniente de la periferia de Occidente, por primera vez en su dos veces milenaria historia el papado adquiere un inusitado vigor. Por contraste, la crisis (¿terminal?) que afecta a la hegemonía multisecular de Occidente se hace cada día más evidente, como lo prueba la invasión en todas sus fronteras de multitudes provenientes de los pueblos hasta no hace mucho sojuzgados. Occidente vive el mayor proceso de mestizaje de su historia, que no es solo racial sino, ante todo, cultural, y con ello, sus visiones de mundo se confrontan.


Esas visiones de mundo se han expresado y conservado a través del tiempo gracias al simbolismo religioso. Lo vivimos ahora, aunque de modo dramático, en las guerras de Oriente Medio, es decir, en el lugar donde surgieron las culturas que han configurado a Occidente. Las violentas confrontaciones, que han tenido como escenario la cuenca del Mediterráneo, han mostrado siempre una connotación religiosa, que remonta a inicios del milenio pasado con las Cruzadas. En ese mismo periodo histórico se dio la división entre las Iglesias de Oriente y Occidente. El primer y trascendental paso para la superación de la división de la cristiandad se dio con la firma del acuerdo de La Habana entre el Papa Francisco y el Patriarca Ruso Cirilo. Occidente y Oriente se funden y confunden en un abrazo fraterno que borra un milenio de distanciamiento. Las palabras y gestos del papa Francisco, denostando los muros en la frontera entre México y Estados u
Unidos, trascienden su posterior querella con el histriónico y fatídico precandidato Trump.
Los muros deben convertirse en peldaños, las fronteras en brazos que se extienden, las culturas en corazones que palpitan al unísono, las religiones en signos que señalan los nuevos senderos que ha de seguir una humanidad que ha entrado de lleno en el nuevo milenio, ese que —esperamos— hará por fin realidad la utopía de la fraternización de todos los pueblos que habitan el planeta.

Arnoldo Mora