Bruno Stagno

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Lunes 7 Noviembre, 2011


El ocaso de los amigos de Ortega (II)


Gadafi terminó como una rata de alcantarilla. No tendrá un exilio “dorado” en Harare, Zimbabue o Managua, Nicaragua, como en algún momento se imaginó el presidente Daniel Ortega o su esbirro Bayardo Arce. Ninguno de los pocos aliados restantes de Gadafi se verá beneficiado, a cambio de una comisión, con el ingreso de los miles de millones de dólares mal habidos que amasó a lo largo de sus cuatro décadas al mando de Libia. Si bien su “heredero”, Saíf Al-Islam, sigue con vida escondido en alguna parte de Libia, negociando su eventual entrega a la Corte Penal Internacional (CPI) mientras simultáneamente busca una salida hacia el vecino Níger donde se encuentra el temido exjefe de los servicios de inteligencia Abdullah Senussi o el más lejano pero seguro Zimbabue de Robert Mugabe, Gadafi ya no podrá reubicar su fortuna en ninguno de los países que lo apoyaron hasta el final.
Ortega ha perdido a un hermano. Pero otros de sus amigos del alma están enfrentando situaciones difíciles que ponen en riesgo su continuidad en el poder. Desde hace algunos meses, Bashar Al-Assad se ha visto asediado por una rebelión popular que simplemente no se deja atemorizar. Aunque su padre, Hafez Al-Assad, quien gobernó Siria con mano dura entre 1971 y 2000, ciertamente aprobaría los métodos empleados por el régimen para mantenerse a salvo basta recordar la masacre de Hama de 1982, probablemente se está revolcando en la tumba ante la incapacidad de sus herederos para controlar la situación.
Más interesante aún es la reciente y nada inocente propuesta del Líder Supremo, Ayatolá Alí Jamenei, para reformar la constitución de Irán. Al pronunciarse a favor de un régimen parlamentario, está en efecto sugiriendo abolir el puesto de Presidente de la República Islámica actualmente en manos del rabiosamente populista y antisemita Mahmud Ahmadineyad. Si bien Ahmadineyad en principio no podría buscar un tercer mandato presidencial más allá de 2013, parece que Jamenei quiere disminuirlo anticipadamente. Adicionalmente, Jamenei aún puede mostrar sus cartas en torno al eventual proceso de destitución que podría iniciarse en el Parlamento contra Ahmadineyad por corrupción. Estas son malas noticias para Ortega, quien ha recibido y visitado a Ahmadineyad en más de una ocasión con el fin de establecer una relación cercana. Independientemente de cuán íntima sea en realidad esa relación personal, Ortega difícilmente habría generado empatía en los anteriores presidentes Akbar Hashemi Rafsanjani (1989-1997) o Muhammad Jatami (19978-2005).
Aunque el ocaso de los amigos de Ortega ha iniciado, aún tendrá tiempo para reinventarse. A las puertas de una reelección prácticamente asegurada, producto de la connivencia de unos y la inoperancia de otros en la oposición, Ortega probablemente tendrá un nuevo mandato para sumar nuevos amigos a los pocos que le van quedando. Y por desgracia aún hay muchos entre que escoger.

Bruno Stagno Ugarte