Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 18 Julio, 2014

Nunca antes, que yo haya visto, ha experimentado la colectividad nacional un grado de felicidad igual


El mundial como vivencia colectiva

El recién pasado Mundial será recordado sobre todo como el mayor triunfo deportivo alcanzado por nuestro país por su repercusión mundial. La resonancia planetaria que permitió a la pequeña Costa Rica darse a conocer y hacerse admirar por sus virtudes ante el mundo entero, nada ni nadie lo ha logrado como Pinto y sus pupilos.
Por eso considero que no sería superfluo analizar la huella que en el subconsciente colectivo de nuestra gente tuvo este fabuloso evento. Para arrojar un poco de luz en lo vivido por los ticos de la piel para dentro y el significado que en nosotros tuvo ese triunfo, mencionaré dos hechos: lo acaecido en los alrededores de la Fuente de la Hispanidad en la tarde del domingo 29 de junio luego de vencer a Grecia y pasar a cuartos de final, y el recibimiento hecho a la triunfante selección en el Paseo Colón en la tarde-noche del martes 8 de julio.


El 29 de junio, la Fuente de la Hispanidad y su entorno vieron congregarse la que, quizás, sea la más grande masa humana que jamás se haya reunido en nuestro suelo. Allí el pueblo costarricense disfrutó de su más logrado orgasmo. Fue su mayor experiencia de lo que la vida nos depara como FELICIDAD.
Unos días después, a su regreso triunfal de Brasil, la multitud volvió a congregarse en el Paseo Colón. Allí supo lo que es la ALEGRÍA. Porque felicidad y alegría no son lo mismo. Se siente alegría cuando se realiza un sueño. Pero cuando se experimenta un estado de felicidad, pasa exactamente lo contrario: la realidad desaparece y se convierte en sueño.
La alegría es terrenal, no conoce la agonía, tan solo se embriaga con el goce. En la felicidad el principio de realidad se ve trascendido y subsumido por la dimensión onírica, pues al decir de Freud “la verdad del hombre está en sus sueños”.
En los sueños, la realidad desaparece, el principio de realidad que tiraniza el consciente, deja de ser su norma de conducta y criterio epistemológico inapelable. La felicidad es el reino de la imaginación, de la misma manera que la inteligencia lo es del consciente.
Pero, como decía Einstein: “Solo hay algo superior a la inteligencia, y esa es la imaginación”. Por eso la felicidad es superior a la alegría, aunque el precio de la felicidad sea la agonía que la antecede.
Se está alegre cuando se es un hombre realizado, se es feliz cuando lo humano es trascendido y se trasmuta en una especie de ser sobrehumano. Por eso la alegría se vive en la fiesta mientras la felicidad se vive en un éxtasis mágico.
Con la felicidad lo humano desaparece y sus gestores se convierten en héroes que han superado las dimensiones con que se mide lo humano; en resumen, se vive en otro mundo, el onírico del que está hecho el paraíso.
La descarga de energía libidinal, provocada por la transferencia y sublimación del subconsciente, ha llegado y hay que esperar su clímax. Nunca antes, que yo haya visto, ha experimentado la colectividad nacional un grado de felicidad igual.
Ahora solo nos queda desear que esa energía libidinal desatada por triunfos deportivos, sea el combustible que impulse a nuestro pueblo a asumir creativamente los desafíos de este azaroso siglo XXI.

Arnoldo Mora