Silvia Castro Montero

Silvia Castro Montero

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Lunes 23 Febrero, 2015

Un profesor de secundaria tendría que graduarse en el campo disciplinar que pretende enseñar, para luego desarrollar sus competencias pedagógicas


El docente de secundaria que ocupamos


El perfil del profesor se empieza a concretar a partir de los incentivos que la sociedad ofrezca para que las personas más calificadas quieran ingresar a la profesión.
La motivación fundamental, más allá de las recompensas y los castigos, es la intrínseca: la felicidad, definida como la capacidad de hacer con nuestro tiempo lo que mejor nos parezca. Motivación es autonomía, la capacidad de tomar decisiones sobre qué y cómo enseñamos, el deseo de superarnos y la posibilidad de contribuir con alguna meta que trascienda nuestra propia existencia.


No hay calidad docente cuando no hay libertad, cuando lo que prevalece es la restricción y la imposición.
La formación idónea de un docente lo obliga, en primera instancia, al aprendizaje profundo de las áreas de contenido académico, por lo que un profesor de secundaria tendría que graduarse en el campo disciplinar que pretende enseñar, para luego desarrollar sus competencias pedagógicas a nivel de maestría en planes de estudios de dos años.
Entonces, en sistemas educativos de alto rendimiento, los cursos de química los imparte un químico de profesión con una preparación de posgrado en docencia y no un bachiller en enseñanza de las ciencias naturales. Lógico, ¿no? Factible, ¿por qué no?
Las carreras de educación deben ser reformadas integralmente en las universidades, con el propósito de vincular la teoría con la práctica y aumentar la congruencia entre la educación que se ofrece con lo que actualmente se está requiriendo en las aulas.
Basta con ver las fechas de la última aprobación de los planes de estudio para alarmarse y correr a diseñar un plan nacional para la atención de esta prioridad, asegurándose esta vez de que el tiempo que los alumnos destinen a la teoría se equipare con el tiempo destinado a experiencias prácticas, incluyendo las oportunidades para la observación, las tutorías individuales, la asistencia a profesores experimentados y la impartición de lecciones a grupos completos.
Los alumnos de educación actualmente no cuentan con la autorización oficial del Estado ni mecanismos para realizar sus prácticas en colegios públicos.
La formación inicial del docente se enriquece con oportunidades continuas de crecimiento profesional, siempre y cuando haya cultivado, en etapas tempranas de su desarrollo intelectual, la capacidad e interés genuino por mejorar sus propias destrezas.
Los días anuales de capacitación son imprescindibles, pero además lo son las oportunidades para observar, compartir y aprender de otros docentes. La colaboración y la coordinación son fundamentales en la formación continua del docente de secundaria, por lo que el sistema educativo debe abrir los espacios para este tipo de interacciones.
Un profesor altamente calificado, con un agudo sentido de propósito, estará más inclinado a innovar en el aula y tendrá mayor disposición de velar por las necesidades intelectuales y emocionales de sus alumnos, así aumentando sus probabilidades de éxito dentro del sistema escolar.

Silvia Castro

Rectora de Ulacit