Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 28 Noviembre, 2009


Elogios
El diálogo

El diálogo debió originarse en la necesidad de intercambiar ideas en el hombre primitivo, cuando el uso de la palabra adquirió la suficiente fluidez como para transmitir lo que quería decirse a otros y a la vez para recibir del o los interlocutores sus propias ideas.
Es la comunicación por excelencia porque siempre representa una interacción que involucra a ambas partes debido a que escuchar es tan importante como hablar y es base fundamental del conocimiento, de ahí que los tiempos de la enseñanza de uno hacia los otros, sin contar con la participación de los interlocutores, los tiempos del “magister dixit”, el maestro lo dice y es suficiente, nunca correspondieron a la educación que consiste en el intercambio y no tiene que ver con la repetición sino con el cuestionamiento.
Desde los primeros momentos de la docencia que abrevamos dando clase, es decir arrojándonos a la piscina, estuvo claro que nuestros maestros se aseguraban que pusiéramos el énfasis en que los alumnos fueran activos y nos repetían —una y otra vez— si no participan, no aprenden.
La vida le va enseñando a uno que lo inteligente es preguntar, escuchar, no monopolizar la conversación y sacar el mejor provecho posible de los carismáticos, los que tienen algo que decir; esto lleva muchos años, gran cantidad de vida se requiere para que no nos preocupemos tanto por interrumpir para aportar nuestras ideas o bien para destacarnos por sobre los demás, sino lo que es más sabio, recopilar, resumir y expresarnos cuando vale la pena.
Hay gente que de puro competitiva que le enseñaron a ser, pone en juego constantemente el hostigar a sus congéneres, el mostrarse irónicos, superiores e hirientes.
Diálogo tiene un origen griego muy diciente: dia que es “a través de” y logos, conocimiento y en Platón es muy claro que el saber se logra a través de dos o más personas que influyen uno en otro, como en los diálogos socráticos, intercambiando conceptos, el gran descubrimiento de Sócrates: las figuras o formas que dan razón de algo, que explican el concepto de algo, ese es el logos y porque el conocimiento nos permite elevarnos por la dialéctica (a través del discurso), un ejercicio si no olvidado, al menos en extinción.
Como la palabra ha sido distorsionada últimamente y se usa con desparpajo para mentir, para ocultar o tergiversar la verdad, cada vez nos vamos alejando del diálogo esclarecedor, la famosa tertulia que enriquecía a nuestros abuelos, que encontraban tiempo para reunirse e intercambiar ideas, el instante valioso de escuchar y ser escuchados, eso que tanto añoramos en un mundo de programas televisados o radiales en el que predominan concursos, griterío y tribunales para juzgar a parejas, familias, dizque formando opinión alrededor de bustos, piernas cruzadas hasta más allá del límite de lo cauto y decente y en un lenguaje propio de barras bravas sin control.
Nos salvan los programas de opinión en diversos temas tratados con criterio incluido el fútbol o los diálogos de mentes brillantes que tienen algo que decir y que lamentablemente suelen escasear hasta en la Asamblea Legislativa, un sitio de parlamento, de decir conceptual, que también se muestra a la altura de los tiempos.

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