Bruno Stagno

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Lunes 12 Marzo, 2012


El Celac: un acto de mala fe

Victor Hugo dijo que “nada es más fuerte que una idea cuya hora ha llegado”. Desafortunadamente, a veces a las malas ideas también les llega su hora. Este es el caso de la idea abanderada por los países integrantes del ALBA de crear una alternativa a la Organización de Estados Americanos (OEA). Partiendo de la doble y debatible premisa de que la OEA es un instrumento o reducto del imperialismo de los Estados Unidos, y de que ya era hora de que América Latina y el Caribe tuviera un organismo propio, el establecimiento de la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (Celac) fue acogida alegremente por todos los pesos pesados de la región. Los países con reservas, incluyendo a Costa Rica en la pasada administración Arias Sánchez, quedaron en la minoría y no lograron presentar un frente común en la fatídica Cumbre del Grupo de Río celebrada en Playa del Carmen en 2010. Dicha reunión, espectáculo de desunión entretelones más que de un norte compartido, terminó legitimando al Celac en detrimento del Grupo de Río.
El Celac es más que nada un acto de resentimiento hacia los Estados Unidos, visto como fuente de muchos sino todos los males de la región. Es además una prueba mayúscula de la mala fe de los países de América Latina y el Caribe, los cuales constituyen la abrumadora mayoría de la OEA. Si la OEA ha sido, como aducen algunos, un instrumento de la política exterior de los Estados Unidos, esto ha sido porque los países al sur del Río Grande no han sido capaces de presentar un frente unido. La OEA puede operar mediante votación. Si tradicionalmente lo ha hecho por consenso es porque los países de la región consintieron en darle al mínimo denominador común la palabra final. Y francamente, Estados Unidos no siempre ha sido el mínimo denominador común. Esa responsabilidad es compartida entre muchos.
La actual situación en Siria, como la anterior situación en Libia, evidencia el abismo de principios y propósitos que separa a la región, con o sin los Estados Unidos. De los 12 países que el 16 de febrero votaron en contra de una contundente condena de la Asamblea General de Naciones Unidas al régimen de Bashar Al-Assad, cinco son de América Latina y el Caribe. Anteriormente, estos mismos países histriónicamente liderados por Nicaragua y Venezuela, proclamaron su solidaridad eterna con el Coronel Muammar Gadafi aun cuando era evidente que era repudiado por la inmensa mayoría de la población.
Si la región no puede presentar un frente unido en respuesta a situaciones lejanas que no impactan directamente en nuestro futuro, y que nos convocan a actuar conforme a valores fundamentales, es iluso creer que gracias a una arquitectura multilateral alterna sin el supuesto efecto nocivo de los Estados Unidos, esta vaya a alcanzar mayor coherencia. Nuestra región no comparte un mínimo de principios y propósitos básicos, y el establecimiento del Celac bajo las actuales condiciones no es nada más que un acto de mala fe.

Bruno Stagno Ugarte