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No es difícil pensar en casos de sujetos cercanos que hayan sido cuestionados y/o condenados por haber cometido violencia sexual de algún tipo: diputados de diversas bancadas, magistrados, vicerrectores de una universidad pública, directores de un periódico de una universidad pública, incontables profesores de primaria, secundaria y universidad, policías, regidores municipales, alcaldes, y hasta presidentes de la República.

Casos de famosos
Estoy segura que les vendrán muchos nombres a la mente pero empecemos con éstos:

Bill Cosby: el padre ejemplar de la televisión durante los 80´s, fue acusado de violación, abuso o acoso sexual por al menos 40 mujeres . El proceso judicial se ha visto entrabado pero lo cierto es que sigue adelante. A los 80 años, él aún no ha sido condenado.

Roman Polanski: productor y director aclamado de películas como “El pianista”, fue condenado en 1977 por violación tras haber confesado que había tenido sexo con una niña de 13 años. Huyó de Estados Unidos hacia Europa para no volver, continuó con su trabajo y nunca cumplió la condena.

Woody Allen: Mia Farrow, actriz estadounidense, denunció a su esposo, el también director estadounidense, por haber abusado sexualmente de la hija biológica de ambos, Dylan Farrow, cuando ésta tenía 7 años. Siendo ya adulta, ella escribiría una carta abierta a su padre sosteniendo las acusaciones. Adicionalmente, Farrow se enteró que Allen tenía un “amorío” que resultó en matrimonio con la hija adoptiva de ambos a quien le llevaba 35 años de diferencia, Soon-Yi de 20 años, mientras ellos aún eran pareja. Él continuó con su trabajo y en la actualidad es un referente la industria filmográfica. Nunca fue condenado.

Casey Affleck: el caso más reciente fue el del hermano de Ben Affleck. Este fue premiado con el Oscar y el Globo de Oro por su actuación en la película “Manchester frente al mar” a pesar de haber sido denunciado por hostigamiento sexual laboral por dos mujeres. Él negó que esto sucediera pero acordó un pago en arreglo privado para que esto no llegara a una potencial sentencia condenatoria.

Estas historias son de hombres de renombre y poder en su ámbito laboral. Todos han recibido premios y ninguno ha tenido que pagar precio alguno por sus actos.

¿Podemos o debemos separar entonces al agresor del artista y de su obra?
● Adrien Brody, actor en películas como el Pianista, al dar declaraciones en un medio de comunicación, haciendo referencia a Woody Allen y a Bill Cosby:
“Por supuesto que es horrible lo que algunas veces sale a la luz y las personas han hecho cosas en sus vidas que podrían ser inexcusables pero eso no es algo en lo que haya que enfocarse.”

● Para el autor y guionista Rafael Yglesias:
“Trabajar con un violador no es lo mismo que condonar la violación. Actores, escritores y productores no son policías, jueces o jurados. En el trabajo que deciden hacer, escritores, actores, productores y directores, pueden ser considerados responsables únicamente por su calidad y sus ideas.”

Ambos plantean claramente la posibilidad de separar el sujeto que agrede sexualmente de aquel que crea la obra. Por eso, les voy a pedir que vuelvan a leer sus historias y vean el elemento en común: la impunidad.

● Para la renombrada directora de cine Laura Astorga Carrera (Princesas rojas), en el conversatorio “La industria que aplaudía al acoso: un análisis del acoso sexual en el cine desde una perspectiva de género” del CICOM de la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva (UCR), precisamente la compensación económica que reciben las víctimas de violencia sexual en la industria del cine, por más alta que sea, sólo sirve para pagar un cambio  de vida y de carrera, ya que las denunciantes serán percibidas como “problemáticas”, causando que sea prácticamente imposible que vuelvan a ser contratadas.

¿Quién paga la cuenta?
Quien paga el precio ante un acto de violencia sexual siguen siendo las víctimas y no sus victimarios. Todos los casos relatados, son el ejemplo claro de lo que ocurre con el agresor: él sigue su vida como si nada hubiera pasado, siguen siendo contratados, recibiendo un salario, ganando premios e incluso siendo sujetos de admiración.

El valor que le otorgamos a las mujeres es lo que determina la importancia de atender la violencia contra éstas. Entonces, aunque claramente no podemos separar al agresor sexual de su creación ¿debe de ser reconocido un agresor sexual por su trayectoria artística o laboral y premiado por ello a pesar de las acusaciones o las condenas por violencia sexual?

La cultura de violación
Vivimos en una cultura de violación, en donde la violencia sexual no es identificada como violencia y menos como algo que merece un castigo ejemplar, sino que por el contrario, es percibida como una “indiscreción”, un “desliz”, un error que “todos” podemos cometer o algo en lo que NO hay que enfocarse. La socialización ha hecho que se sostenga el argumento de que el cuerpo de las mujeres no les pertenece a ellas sino que les pertenece al padre que decide cuando su hija puede tener novio, el novio que decide cómo se debe de vestir la chica con la que está, el esposo que decide con quien puede salir “su mujer”, el cura que en un matrimonio dice que ya por estar casada hay que dejar de salir con otra gente, cerrar el perfil de Facebook y abrir uno de la familia.

Hemos normalizado tanto la violencia sexual incluso en contra de las niñas, que nos parece debe pesar más la “honra” de por ejemplo un regidor denunciado que el de una niña de pocos años que aún no reconoce su cuerpo. Dudamos de las niñas, argumentando que podrían estar inventado porque aun no entienden mucho o podrían estar siendo manipuladas por su madres que suelen ser quienes denuncian. En el caso de Dylan Farrow, ella declaró cuando le preguntaron si padre le había tocado, que había sido en el hombro, pudiendo explicando solo hasta después que había mencionado el hombro porque se sentía avergonzada. Actualmente, si se duda de alguien, es de quien denuncia y no de quien es denunciado como agresor y por eso no es de extrañarse que la Ley de Relaciones Impropias (N. 9406) levantara tantas resistencias, incluso de diputados, a quienes les parecía exagerada la reforma que ampliaba la protección legal a las niñas.

También es lo que ha hecho que nos digan exageradas y hasta locas a quien denunciamos que el mirar a una mujer con ojos lascivos y decirle “¡Guapa!” es violencia, que echarle el “cuento” en un bar a una mujer y al ser rechazado decir “ni guapa que fuera”  es violencia, o que llevar a una mujer un motel porque está muy borracha para tomar decisiones es también violencia y que todos esos actos deben de recibir una condena. 

La denuncia
Denunciar un episodio de violencia sexual, requiere de valentía, de redes de apoyo e incluso de recursos económicos particularmente cuando nos enfrentamos a un agresor en un puesto de poder. Precisamente porque el precio por buscar la justicia es impagable incluso en el 2017, es que les quiero plantear la loca idea de no dudar de quien denuncia sino del denunciado. El camino que ha recorrido una mujer o una niña para denunciar es muy largo y tortuoso como para no hacer el ejercicio básico de reflexionar acerca de la razón por la cual, como sociedad siempre dudamos de quien denuncia.

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