Arnoldo Mora

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Viernes 24 Octubre, 2008

El carácter global de la megacrisis

Arnoldo Mora

La recesión de la economía mundial es hoy el único tema de la campaña electoral de Estados Unidos y del panorama político mundial. De ahí que por su carácter sorpresivo, catastrófico y englobante, ese fenómeno es susceptible de diversas lecturas que permiten sacar conclusiones prácticas, a corto y largo plazo, igualmente divergentes.
No es para menos. Con esta megacrisis se ha iniciado el siglo XXI en la humanidad entera y no solo en Occidente, dado que una de las características de nuestro tiempo llamada “globalización” porque fue primero aplicada a los mercados, en realidad abarca la totalidad de las relaciones humanas comenzando por la más importante cual es la comunicación.
Hoy la humanidad como un todo puede comunicarse: ya no hay extraños sino tan solo vecinos que se hablan y convierten el planeta, hoy cada vez más urbanizado, en un barrio donde nadie puede ser ignorado por nadie. Quizá la única comparación que podemos hacer con hechos del pasado fue el invento de la imprenta por Gutenberg en 1440, que hizo posible el advenimiento de la Edad Moderna. Hoy sucede algo parecido con Internet.
Por eso lo que hoy vivimos y sufrimos es una crisis global, que comenzó por ser financiera, pasó muy pronto a serlo de la economía real, luego a ser política y ahora no pocos reconocen que constituye el fin de la hegemonía de Occidente, hasta el punto de que las potencias emergentes son convocadas a codearse con los hasta ahora considerados “grandes”.
Esto llevará, más temprano que tarde, a una reforma de las Naciones Unidas y a la desaparición del “orden” surgido después de la II Guerra Mundial, comenzando por la transformación sustancial de los organismos surgidos de los acuerdos de Bretton Woods.
En lo político, las consecuencias son aún más dramáticas. La hegemonía exclusiva y excluyente de Estados Unidos agoniza. La campaña política actual en ese país es la primera que se da dentro de ese marco típico del siglo XXI. Se enfrentan dos candidatos que encarnan dos concepciones de mundo antagónicas.
Por un lado, un joven mulato, que expresa esa Norteamérica que ha tomado conciencia de que su hegemonía mundial es un capítulo a punto de cerrarse y, por el otro, un anciano político, excombatiente de una aventura humillante de su patria en el Extremo Oriente, que encarna la añoranza del feneciente poderío planetario norteamericano. Obama es el canto que se escucha en la aurora de un nuevo día, McCain es una lúgubre pavana que entona endechas a un fantasma.
Nunca como en la actual campaña hemos visto las dos caras del Tío Sam confrontándose de manera tan directa; ambas reflejan en sus gestos y palabras dos realidades contradictorias de la sociedad gringa, pero que a todos nos conciernen, porque expresan dos proyectos globales.
Por esta razón, las elecciones a punto de celebrarse pueden influir en forma significativa en los destinos inmediatos de una humanidad cada vez más interdependiente, pues no pocas de las soluciones que allí se intenten dar a la crisis actual influirán sin duda y en mayor o menor medida, en el rumbo que el mundo tome en un futuro cercano.