Ennio Rodríguez

Ennio Rodríguez

Enviar
Martes 5 Diciembre, 2017

Economía política, economía social y cooperativismo

La economía política clásica centraba su análisis en la distribución. Para David Ricardo, por ejemplo, la distribución del ingreso entre trabajadores, capitalistas y terratenientes era el propósito de la economía. Seguía así los pasos de Adam Smith y su teoría de la distribución basada en los factores que poseían las familias. Mientras que Karl Marx analizó los problemas de la distribución y la concentración del capital. Quizás estos economistas estaban muy influidos por la pobreza, tanto de los obreros como de los desempleados (ejército de reserva para Marx), de los inicios del capitalismo en Inglaterra, siglo XVIII. Con el tiempo, tal como lo predijo Marx, el capitalismo generó una capacidad de crecimiento sin precedentes en la historia de la humanidad y las preocupaciones de las economías maduras se desplazaron hacia el manejo de los niveles de empleo, inflación y crecimiento; mientras que los temas distributivos perdieron protagonismo; en parte, al no cumplirse otra predicción de Marx: la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y el empobrecimiento endémico de los trabajadores.

La economía social contemporánea puede rastrear sus orígenes a las preocupaciones con la justicia social de la economía política clásica. La economía social incluye, como sector, a las formas asociativas y organizaciones cuyas actividades empresariales se fundamentan en relaciones de solidaridad y cooperación. Su origen se remonta a los principios mismos del capitalismo y son sectores de gran peso económico, hoy día, en economías maduras, tales como Alemania, Inglaterra y los países nórdicos. Dadas sus estructuras de propiedad más democráticas, las unidades productivas de la economía social se asocian con una mejor distribución del ingreso, pues los excedentes se distribuyen, no de acuerdo con la contribución del capital, sino de acuerdo con el modelo asociativo elegido.

Las empresas productivas más exitosas de la economía social en nuestro país incluyen las cooperativas, las mutuales de vivienda y las asociaciones, particularmente las asociaciones solidaristas. Todas estas modalidades contribuyen de distinta manera al bienestar de sus afiliados. Pero destaca la contribución a los indicadores de desarrollo humano de los cantones donde prevalecen las cooperativas como modelo de asociación de pequeños productores frente a otros cantones dedicados a la misma producción agroalimentaria pero en manos de pocas empresas grandes.

No debe concluirse que las empresas grandes y modernas deben de alguna manera menospreciarse. Pero sí que conviene el florecimiento de la economía social, para cuyo efecto pueden utilizarse políticas públicas de apoyo. En este mundo, donde la sobrevivencia de las empresas depende de su capacidad de innovación, las organizaciones de la economía social, con su forma democrática de hacer las cosas, pueden generar ese clima y cultura de creatividad e innovación que los esquemas tradicionales encuentran difícil lograr. La economía social trabaja sobre valores compartidos, que pueden ser la argamasa que da cohesión, consistencia y fuerza a las organizaciones. Sus estilos de comunicación y liderazgo son particularmente afines a la innovación. En definitiva, las empresas asociativas se prestan para generar los ambientes de innovación por sus modelos colaborativos y pueden generar así los ambientes de colaboración que caracterizan a las empresas exitosas, además de que permiten una mayor inclusión social y una más equitativa distribución de la riqueza.

Existen cooperativas muy exitosas en algunas cadenas agroalimentarias, en servicios de salud, y de ahorro y crédito, para mencionar algunas. Desde el punto de vista del desarrollo nacional, de una mejor distribución de la riqueza y de sus efectos sobre los demás indicadores del desarrollo humano, conviene un apoyo público a estos modelos asociativos.

El Infocoop es una institución con recursos, pero que requiere una reforma para mejorar su efectividad. En primer lugar, deben separarse sus actividades de fomento de aquellas de supervisión. El modelo actual, que confunde ambas tareas, genera un conflicto de intereses estructural. En segundo lugar, sus recursos se podrían multiplicar, por ejemplo, mediante el apalancamiento de su patrimonio. En tercer lugar, los principios de la economía social deberían enseñarse desde la escuela primaria. En cuarto lugar, deben revisarse y simplificarse los requisitos para la constitución de empresas cooperativas. Finalmente, el Banco Popular podría jugar un papel más decisivo en el apoyo a las organizaciones productivas de la economía social.