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Miércoles 18 Febrero, 2009

Don Manolo


Me llama Rogelio Vásquez y me dice que “se murió don Manolo”. No necesita decirme nada más, don Manolo es don Manolo, es suficiente. Manuel Gavilán ha muerto, muchos lo reconocerán por su distinguido aporte al desarrollo de la publicidad en Costa Rica lo cual, sin duda, es más que merecido. Pero, para mí y, estoy seguro que para la mayoría de los que tuvimos el honor de conocerlo, su aporte a la publicidad es, tan solo, una faceta de su vida, importante, pero no compresiva de su trayectoria vital como persona.
En don Manolo, lo más importante era su exquisita condición de ser humano, su bondad, su generosidad, el sincero compromiso de su amistad y su ejemplo de hombre luchador. Junto a un carácter fuerte, como el de casi todos los cubanos, don Manolo llevaba un alma llena de ternura y de sentido de la justicia y la equidad. Dentro de él, junto al publicista, habitaban el amor humano, la pasión del hombre, la bondad del padre, la ternura del niño, la curiosidad del sabio, la poesía de las almas buenas y, a modo de un horno al rojo vivo, su determinación de hacer las cosas y hacerlas bien.
Además de sus hijos biológicos, a los que amaba con fiereza —sí, con fiereza— no sé cuántos hijos afectivos tuvo don Manolo. Sé de algunos que le decían papá, así, con la convicción de estar diciendo una verdad y que lo era. Son aquellos a los que don Manolo “adoptó” de hecho, los puso a trabajar con él, les enseñó el oficio, los terminó de criar, los casó, los vio hacerse grandes y hasta viejos a su lado. Yo nunca le dije que me gustaría haber tenido un papá como él, no porque menospreciara a mi propio padre adoptivo, sino porque la capacidad de amar de don Manolo lo invitaba a uno a refugiarse en su alero.
A veces, entre rato y rato de edición de los anuncios publicitarios de alguna campaña electoral cuya publicidad él dirigió y que editábamos en los estudios de Rogelio, nos poníamos a conversar y, entre otras cosas, hablábamos de su vida, de su salida de la Cuba amada y sus primeros años en Costa Rica. Entre lo que me contó está un relato que nunca olvidaré y que siempre lo pongo como ejemplo de superación a mis sobrinos. Cuando llegó a Costa Rica, empezó trabajando en una empresa con jornada partida, esto es que salía a las once y regresaba a la una de la tarde. En ese rato libre, contaba don Manolo que se venía para la Avenida Central y ahí, se paraba ante las vitrinas de las tiendas a observar lo que aún no podía darles a su esposa ni a sus hijos y a pensar que un día se lo daría y, luego de muchos años de trabajo, se lo dio y con creces.
Lo imagino parado ante las vitrinas, soñando, deseando, imaginando una vida mejor para su familia y construyendo desde ahí la determinación necesaria para hacer realidad esos sueños y convertirlos, como los convirtió, en realidad.
Al día siguiente de su muerte, yo iré con mi nieta amada y un sobrino al Parque Nacional de Diversiones, ahí reiremos, jugaremos, disfrutaremos la vida. Sé que don Manolo lo aprobará quizá con una frase como “Chico, mi muerte no es el fin de la vida, deja que tus niños disfruten la suya”. Así lo haré como una forma de decirle a don Manolo gracias, gracias por haber existido.

Pablo Ureña Jiménez