¿Disminuir la velocidad?
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¿Disminuir la velocidad?


¿Yendo aprisa se nos puede olvidar vivir? Tal vez en eso piensan los que forman parte hoy de una corriente cultural que promueve calmar desacelerar las actividades humanas.
Se trata de utilizar la tecnología actual que nos permite ganar tiempo y dedicar el que nos ahorramos a pasear, disfrutar comida sana y sabrosa en familia  y con amigos, entre muchas otras cosas.
“La filosofía del siglo veintiuno tendrá a su cargo enseñar «la lentitud»”, dice el psicólogo Mario Fatorello.
“El triunfo de la lentitud. Un movimiento en el mundo encabezado por aquellos que aspiran a recuperar la calma para saborear la vida”, dice un reportaje de Karelia Vázquez publicado en el diario El País hace ya cerca de 10 años.
El movimiento Slow no es una organización dirigida por alguien, sino cientos de personas que en el mundo se han inclinado por esa especie de desaceleración que permite, según ellos, disfrutar la vida de un modo imposible de lograr si  ésta solo rinde culto a la velocidad aunque no nos haga mejores.
Este movimiento se originó en Italia en 1986, por parte del sociólogo Carlo Petrini, quien sintió la necesidad de empezar a cuidar los productos frescos autóctonos, promocionarlos y sentir el placer que puede dar cierta forma de comer.
No aquella que lleva al sobrepeso, sino una cultura gastronómica que satisfaga por la calidad de sus ingredientes y de su preparación.
Con esto nació la tendencia “Slow Food” , una de tantas partes que formarían luego el amplio abanico del movimiento “slow” en el mundo.
Este se extiende hoy también a otras actividades humanas relacionadas con el trabajo, el sexo, la educación, la ropa, los productos artesanales … además del ocio.
«El grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido”, se lee en la novela “La lentitud”, de MilanKundera.
¿Será la época actual solo un paso, fácilmente olvidable, por la velocidad que la caracteriza, hacia otra época de más lento y pleno disfrute de la vida?
La filosofía “slow” anima a la actividad, no a la pasividad, pero siendo muy selectivos.
Si usted ha llegado al punto de comprar un disco compacto con cuentos infantiles para que sus hijos pequeños los escuchen antes de dormir, porque su agenda diaria no le permite sentarse al borde de su cama y contárselos, quizás ha llegado el momento de preguntarse hasta dónde puede llegar la aceleración actual de la vida. Una cultura a la que nos hemos acostumbrado.
No es esta tendencia una invitación a retroceder en el tiempo, por el contrario, aparece como una puerta abierta hacia un nuevo mundo movido por la sociedad del conocimiento, que también trae un nuevo aire fresco de serenidad y disfrute pleno de la vida.
“Las personas que gusten desacelerarse van a tener un choque con el mundo que es hoy tan acelerado. Puede que no encuentren espacios para su disfrute al principio”, dice el psicólogo costarricense Rafael León.
Estamos acelerados siempre buscando algo, aunque nunca llegamos a una meta. La nueva tendencia nos daría más tiempo para pensar qué estamos haciendo con nuestra vida. Esto para unos puede ser un descubrimiento y a otros los puede hacer entrar en crisis. Esa crisis podría evolucionar para bien, si así se logra superarla, dice León
Hacer las cosas con disfrute podría traer enormes beneficios a la salud física y mental. La parte cognitiva y emocional se podrían beneficiar si las personas van descubriendo cuáles cosas les provocan risa, motivación, bienestar y felicidad; con las que estarían produciendo endorfinas – sustancias cerebrales que producen placer -, dice Veracruz Arias.
¿Habrá llegado para quedarse el movimiento “slow”?

Carmen Juncos y Ricardo Sossa
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