Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 24 Marzo, 2014

El diablo está en los detalles. No basta con la retórica y los buenos propósitos de reducir la creciente desigualdad. Es preciso saber cómo hacerlo


Disyuntivas

Desigualdad, crecimiento y eficiencia

En América Latina el número de periodos de crecimiento de la economía, en la segunda mitad del siglo XX, es similar al de otras regiones del mundo. Pero cada periodo de auge es más corto, lo cual explica nuestro menor crecimiento total. Las rachas de crecimiento en nuestra zona duran la mitad que las de Asia.
Hay una relación entre la corta duración de los periodos de crecimiento y la mayor desigualdad, según comprobó empíricamente un documento de Andrew G. Berg y Jonathan D. Ostry para el FMI en 2011.
Sus resultados indican que si se redujera a la mitad la mayor desigualdad de América Latina en relación con los países emergentes de Asia, los periodos de crecimiento en nuestra región habrían durado el doble.
Y la duración de las rachas de crecimiento es lo que diferencia los “milagros económicos” de los retrasos.
La desigualdad mantiene su acción acortadora de los periodos de crecimiento si se toman en consideración otros factores que también coadyuvan a esa menor duración: choques externos, nivel de ingreso al inicio de la racha de crecimiento, calidad de las instituciones, apertura comercial y estabilidad macroeconómica.
Esta asociación entre mayor igualdad y más crecimiento económico, en razón de la extensión de los periodos de crecimiento, no puede hacernos concluir que cualquier efecto distributivo mediante impuestos y gasto público sea favorable al crecimiento.
Ello depende no solo del impacto que las medidas tengan en la desigualdad y por su medio en el crecimiento, sino también de los efectos directos de esas medidas sobre el crecimiento.
Este más bien disminuirá si para reducir la desigualdad se utilizan políticas que directamente afectan los incentivos para invertir (por ejemplo, muy altas tasas marginales de impuesto sobre los ingresos) o los gastos fiscales son poco productivos (por ejemplo, salarios distorsionantes para los empleados públicos).
Por eso es importante ser cuidadoso en las medidas específicas que se adopten.
Hay estrategias que permiten ganar tanto por el efecto de menor desigualdad como por el efecto directo en el crecimiento de las medidas adoptadas para bajar la desigualdad.
Los ejemplos son claros: impuestos que financian programas de subsidios a las familias a cambio de que sus hijos se eduquen; redistribución del gasto público disminuyendo actividades regulatorias que aumentan los costos de producción y aumentando el gasto en educación técnica o programas de capacitación del INA; impuestos cuyo efecto negativo al crecimiento por afectar los incentivos de invertir y ahorrar sea menor que el efecto positivo de bajar los costos de producción con mejor infraestructura.
El diablo está en los detalles. No basta con la retórica y los buenos propósitos de reducir la creciente desigualdad. Es preciso saber cómo hacerlo.
En especial no se debe, con las medidas en pro de la igualdad, afectar negativamente otros factores que permiten extender la duración de los ciclos de crecimiento tales como la calidad de las instituciones, la apertura comercial, la inversión directa extranjera y la estabilidad macroeconómica.

Miguel Ángel Rodríguez