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Jueves 11 Diciembre, 2008

Derechos humanos, 60 años después


Sabemos que la historia del ser humano es un proceso continuo y que somos las personas, quienes la hemos ido construyendo a lo largo de siglos de vida.
Estoy convencida de que esa historia no ha sido otra, que la de una larga lucha —aún sin concluir—, por alcanzar su dignidad. Es decir, por ser reconocida, respetada y libre e igual al resto.
Ciertamente, celebramos que los seres humanos somos dignos, especiales y únicos, simplemente porque somos personas.
Nos congratulamos, porque el mundo sabe y así lo aceptó, que no importa de dónde venimos, cuál es nuestro sexo, cuánto tenemos, de qué color somos ni cuál religión profesamos; lo esencial es que somos diversos, distintos y al mismo tiempo, maravillosamente iguales.
Entendimos que el absolutismo de las ideas y de la historia resumida en unos pocos y respaldada por la injusticia de esos menos, es un ropaje antiguo y en desuso; que es el axioma que nos motiva hoy a continuar en esa lucha por la dignidad y en consecuencia, por los derechos humanos.
Hoy, vestimos nuestra conciencia con los trajes del pluralismo, llenos de colores y matices, lugares, costumbres e idiomas.
Pero también la vestimos con los grises de lo que falta, con la alarma de que no hemos terminado y con la certeza de que los deseos de justicia, aún son el grito de grandes mayorías.
Acabamos de celebrar 60 años de vigencia de la Declaración Universal de Derechos Humanos y con ello, recordamos que las personas, pudimos probar que hay un valor fundamental que se sitúa sobre el resto; que podemos pasar de la individualidad a lo colectivo y que podemos acordar valores que son comunes, cuyo fundamento es consensuable.
Ese documento es precisamente eso, la prueba inquebrantable de que por consenso universal, los seres humanos podemos pactar derechos y también sus fundamentos, cuyo valor superior es el de la dignidad humana.
Así, celebramos una conclusión contundente, que yo prefiero llamar axioma: “la dignidad humana es una idea universal”.
Pese a ello, todavía en muchas ocasiones, indefectiblemente vemos hacia atrás, al punto de partida, reflejado en los rostros multicolores de la desigualdad, de la pobreza extrema, de la discriminación, de la explotación y en suma, del abuso de los unos, aún sobre una mayoría abrumadora de los otros.
Por eso, también debemos renovar el compromiso con esos seres humanos, a quienes por distintas razones no hemos podido llegar haciéndoles valer su dignidad más allá de los formalismos de la retórica.
Debemos comprender que si existen más de 1.000 millones de seres humanos tratando de sobrevivir en medio de la pobreza extrema, con ingresos humillantes; si prevalece la discriminación en muchos lugares y formas porque se piensa diferente, se alaba al mismo Dios pero con un ritual distinto, se tiene un color de piel diferente, o se ama de una forma que no va con lo que decidió la mayoría; si vivimos en un mundo comercial y rico que no distribuye bien la riqueza, sin contemplar en el desarrollo humano, ni la conservación de los recursos naturales; si vivimos en un mundo que sigue creyendo que la educación, la seguridad social y el derecho a morir con dignidad, son gastos y no derechos; entonces sigamos trabajando en apartar los derechos humanos de la retórica y acercarlos a la epidermis de la vivencia y la realidad.
Debemos apostar a la solidaridad humana, que como decía Séneca: “es un sentimiento de compañerismo, de pertenencia a la humanidad y de ser miembros inseparables de una sola comunidad”.

Lisbeth Quesada Tristán
Defensora de los habitantes de la República