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Domingo, 20 de octubre de 2019



COLUMNISTAS


Deja Vú

Eleonora Badilla [email protected] | Lunes 03 junio, 2019


En 1989 las computadoras personales acababan de ver la luz y en Costa Rica, ni siquiera los gerentes contaban con ellas en sus escritorios. Las desigualdades sociales en el país se veían cada vez con más claridad y las necesidades educativas de infraestructura (para mencionar solamente un área) eran muchas: edificios, baños en muy mal estado, carencia de aulas…La visión del desarrollo era bastante lineal: primero hay que arreglar lo urgente y lo demás debe esperar. Lo urgente, en esa visión de desarrollo normalmente se refiere a lo identificable en el corto plazo, como las edificaciones, los recursos didácticos, el calzado.

Desafiar una visión del desarrollo lineal para atender, (además de las carencias identificables en el corto plazo), las necesidades del mediano y largo plazo que no son evidentes en el momento, es una acción arriesgada y que sin duda genera muchas resistencias.

Ese desafío a la visión escalonada del desarrollo lo asumió en aquel momento el Ministerio de Educación Pública (MEP) en conjunto con la Fundación Omar Dengo (FOD ), contando con el apoyo de otras instituciones visionarias, como la Universidad de Costa Rica (UCR), por ejemplo. Con la certeza de que el desarrollo es un proceso complejo (no lineal ni escalonado), y que además de atender las necesidades del presente, es imperativo adelantarse a visualizar las condiciones del futuro (empleabilidad y competitividad, por ejemplo), el MEP y la FOD, a finales del siglo pasado llevaron las computadoras personales a niños y niñas de escuelas rurales y en zonas vulnerables a lo largo y ancho del país. ¡Niños y niñas programando computadoras personales! ¡En zonas rurales y marginales en un país en vías de desarrollo! Ni siquiera en los países desarrollados se había escuchado tal cosa, pues las computadoras se iban introduciendo en la educación secundaria. Y además, ¡ni los gerentes sabían usarlas! ¡Habían tantas necesidades prioritarias que debían ser atendidas antes de aprender a programar! Y más aún… ¿estaban las docentes preparadas para apoyar a sus estudiantes en el aprendizaje de la programación? Seguramente que no.

Muchas voces de resistencia a tal desafío se alzaron. Algunas, no tengo duda, honestamente preocupadas por el gran riesgo. Otras, más irónicas, como las caricaturas que aparecieron en algunos periódicos. Recuerdo en particular una en la que estudiantes programaban sus computadoras a la sombra de un árbol, porque no tenían aula. En 1989 la caricatura era impactante. Y creo que el caricaturista no se imaginó que estaba pronosticando las tecnologías móviles, inalámbricas y la energía solar.

Treinta años después, en el 2019, estoy viviendo un deja-vú, esta vez no en relación con las computadoras personales, sino con drones que vendrían a modernizar el aprendizaje de la agricultura y a darle competencias para la empleabilidad y la competitividad a quienes quieren dedicarse a la agricultura (en este caso de precisión). Los argumento de resistencia ante esta nueva tecnología se repiten: hay diferencias socio-económicas y carencias que podríamos definir como prioritarias por ser identificables; no hay claridad en cuanto a quiénes saben operar esta tecnología con fines de aprendizaje. No hay conciencia en cuanto a las necesidades de empleabilidad y competitividad en el mediano y largo plazo. Lo veo, lo escucho, lo leo todo de nuevo: deja-vú.

Hay algo que me mantiene interesada: ¿qué estarán pronosticando las caricaturas que hoy nos impactan o nos hacen gracia? El futuro nos dirá.








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