Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 10 Febrero, 2011


VERICUETOS
“De veras que le fue feo”…

… me dijo don Leonel Fonseca, uno de los dos únicos comentaristas de mi columna de la semana pasada que no me dieron por la jupa.
No tenía idea que mi nota sobre las profundas transformaciones que ha sufrido la avenida central fuera a despertar tanta crítica. Por supuesto que como todas las glosas de mis apreciables lectores, fueron muy bien recibidas.

Y aunque no es un ejercicio común en este oficio pseudo-literario de columnista semanal, es obvio que en esta ocasión deba una aclaración a quienes sintieron que mi columna castigaba injustificadamente a nuestra querida y transformada avenida central.
Claro que comprendo perfectamente que una nota nostálgica no pueda causar el mismo efecto entre quienes troleamos la avenida de arriba abajo y quienes son nuevos en estas lides josefinas, por no decir (con clara envidia) mucho más jóvenes.
Y es que para sentir esa morriña del San José nuestro se tiene que haber vivido y recordar lo bonita y limpia que era nuestra capital. Se tiene que haber tomado uno un “yodito” en la Soda Palace o en El Diamante, se tiene que haber comido un gato o un prestiño con un café en la ventana de la Finisterre o, como dice Leonel “una mora en leche con tajada de queque seco en La Garza”.
Claro que vemos feo, sucio y peligroso el centro. Cómo no si nosotros lo cruzábamos de punta a punta en la madrugada sin ningún temor y sin encontrar ni una “chinga” de un capri en la calle, de lo reluciente que era nuestra capital. Tan limpia como un ajito como diría doña Lala, mi mama.
Entiendo perfectamente que no compartan nuestra añoranza quienes no vieron Woodstock o Butch Cassidy en el Rex, o las películas de Iran Eory en el Central, los que no asistieron a los conciertos de Los Vikingos en el Capri o lo que devoraron una y otra y otra vez la Novicia Rebelde y Lawrence de Arabia en el Palace. ¿Cómo no sentirse nostálgico de recordar la avenida segunda de dos carriles y las tardes frías de diciembre acompañando a los tatas a comprar lana para el portal en los chinamos de la Artillería?
Claro que la imagen de doña Eva vista a través de los ventanales de El Emporio y de don Samuel Gudes parado en la puerta de su tienda enfrente de El Balmoral no pueden llamar los recuerdos de quienes, dichosos, no tienen tantas canas que peinar; pero a nosotros, los más roquitos, claro que nos reflejan una sonrisa afectuosa aquellos tan buenos años nuestros.
No digo que la avenida central no sea transitable o que no sea una experiencia vivificante para algunos sentarse a ver pasar gente en la Plaza de la Cultura; pero definitivamente para los que peinamos muchas más canas era más edificante intentar acabar con una super hamburguesa de veinte centímetros de diámetro en la Soda Gigante o simplemente esperar el bus arrecostados en los ventanales de la Bansbach y con cuarenta céntimos en la mano, veinte para los pases y los otros veinte para invitar a la chiquilla de los sueños, máxima cortesía que nuestros escuálidos bolsillos nos podían permitir.
La columna que tan mal sentó a los glosadores cibernéticos no es más que nostalgia, buenos recuerdos de cuando en San José nos saludábamos de acera a acera, de los tiempos de zapatos de plataforma, pantalón de diolen y camisa cruzada a cuadros con cuello de tortuga (la moda furris).
San José es una ciudad completamente distinta hoy. No mucho mejor quizás antes que ahora, ni lo suficiente para levantar tantos y tan airados ánimos; digo yo.
Pura vida.