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Costa Rica necesita con urgencia una buena ley de tránsito, porque la situación en que se encuentra ahora en esta materia nos pone en circunstancias sumamente peligrosas

De un extremo a un ridículo

En esta situación de extremos a la que hemos llegado en el país, tenemos una Ley de Tránsito ridícula que está siendo destruida poco a poco a punta de salacuartazos.
Hemos oscilado entre multas consideradas por algunos como desproporcionadamente elevadas a sanciones totalmente inoperantes, como las actuales de ¢5 mil, que para nada detienen a los que prefieren saltarse la ley manejando con cantidades inaceptables de alcohol en su sangre o apretando el acelerador hasta velocidades que en cualquier momento provocan un accidente de gravísimas consecuencias.
Costa Rica necesita con urgencia una buena ley de tránsito, porque la situación en que se encuentra ahora en esta materia nos pone en circunstancias sumamente peligrosas. ¿Cuál es el monto adecuado para una multa que busque salvar vidas humanas? ¿Cuáles son las condiciones en las que un chofer puede manejar en materia de haber ingerido alcohol?
Lo indispensable es que finalmente los señores diputados lleguen a un consenso sobre esos y otros alcances de la Ley de Tránsito, tomando en cuenta para ello los errores del pasado y buscando inteligentemente algo que cumpla con la función de obligar a actuar en forma correcta a quienes no parecen dispuestos a acatar la ley. Esto por cuanto los que sí se disponen a cumplirla, no necesitan preocuparse por el monto de las multas.
Lo inaceptable es que sigamos en la insólita situación actual. Un Primer Poder de la República imposibilitado de dictar leyes que, como la de tránsito, urgen a un país como el nuestro.
Tenemos una cultura, en este sentido, que hace que muchos conduzcan a velocidades sumamente elevadas para nuestras carreteras, convirtiendo los automotores en verdaderas armas mortales y que otros hagan lo mismo por ingerir demasiado alcohol a sabiendas de que luego van a conducir un vehículo.
Si la educación aún no nos ha convertido en seres responsables, deberá ser la ley la que nos obligue a comportarnos de modo tal que respetemos, al menos, las vidas ajenas.
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