Bruno Stagno

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Lunes 5 Diciembre, 2011


De Standard Oil a Goldman Sachs

En 1906, ante las prácticas monopólicas e inescrupulosas de la petrolera Standard Oil Company, la administración del Presidente Theodore Roosevelt demandó a la megaempresa ante el Circuito Judicial Federal de St. Louis por violaciones al Sherman Antitrust Act de 1890.
Roosevelt en persona lideró la carga, denunciando que “cada medida de honestidad en los negocios que ha sido aprobada en los últimos años ha encontrado la oposición de estos hombres”, haciendo referencia a John D. Rockefeller y a sus socios en 26 Broadway, los propietarios de la empresa.
Finalmente, en 1911, tras un largo proceso, el juez Edward White dictó sentencia fallando en contra de la empresa y obligándola a disolverse en varias empresas independientes, hoy conocidas por derecho propio como Exxon-Mobil, Chevron, Conoco-Phillips, Sunoco y Amoco, entre otras.
Las tres primeras actualmente ocupan posiciones de privilegio en el más reciente balance de la revista Forbes de las empresas más grandes del mundo: 4to, 16to y 22do lugar respectivamente, lo que da una idea del peso económico-financiero que tenía Standard Oil antes de la disolución.
Casi un siglo después de ese histórico fallo, celebrado por Roosevelt como “un triunfo de la decencia”, ante la crisis financiera-hipotecaria y económica que estalla en 2009, la administración de otro presidente republicano, George W. Bush, invirtió la lógica empleada en 1906.
En vez de castigar a las empresas responsables de inventar, fomentar y lucrar masivamente con esquemas especulativos y productos derivados sin sustento financiero alguno, el Departamento del Tesoro optó por premiarlas al repartir entre ellas lo que quedaba de algunas de sus rivales ya al borde del abismo.
Así, según la revista Forbes, hoy JP Morgan Chase, Citigroup, Wells Fargo, Goldman Sachs y Morgan Stanley ocupan la 1ra, 10ma, 11va, 37ma y 81ra posición entre las empresas más grandes del mundo. El hecho que el Secretario del Tesoro, Hank M. Paulson, y buena parte de su equipo más cercano, proviniera directamente de Goldman Sachs, fue una mera coincidencia.
Si Standard Oil suscitó la reacción que suscitó, comerciando productos tangibles como el petróleo y diversos derivados, los siete conglomerados financieros que actualmente ocupan siete de los primeros 15 lugares entre las empresas más grandes del mundo, solo comercian productos y servicios intangibles.
Algo que algunos considerarán apropiado para nuestra era virtual, pero que ya ha demostrado que no es sostenible ni aceptable, sobre todo sin una adecuada regulación y supervisión estatal.
En el caso de la disolución de Standard Oil, la cual se realizó sin mayor regulación o supervisión, Rockefeller terminó siendo propietario de la cuarta parte de todas las nuevas empresas.
Mark Twain ya se había lamentado en 1873 de los tiempos en que se “manufacturan grandes esquemas, especulaciones de todo tipo… y se exacerba el deseo de riqueza repentina”.
Parece que nada hemos aprendido.

Bruno Stagno Ugarte