Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 13 Agosto, 2015

Fue su siembro, al que se entregó de lleno y a veces sin ecos suficientes, de la mejor calidad

De cal y de arena
Alfonso Carro

Poco tiempo hizo falta para que don Manuel Formoso Peña —uno de mis mentores en este noble oficio del periodismo— anticipara el salto cualitativo que iba a registrar la Asamblea Legislativa con la llegada de aquel grupo de diputados, juramentados el 1 de mayo de 1958, de recia estirpe intelectual, grandes habilidades políticas y definida ubicación filosófica.
“Álvaro —me dijo este meritísimo periodista al que yo empezaba a ayudar en el acopio de información generada en el Parlamento— pongámosle atención a esta gente que va a dejar imborrable huella en la gestión legislativa por sus calificadas dotes. Vea a ese muchacho Carro”.
No había por dónde equivocarse: Daniel Oduber, Luis Alberto Monge, Alfonso Carro, Guillermo Villalobos Arce, Marta Saborío Fonseca, Fernando Lara Bustamante, Fabio Fournier Jiménez, Hernán Cordero Zúñiga… un arco político en el que también se asomaba la izquierda de la social democracia (Enrique Obregón Valverde y Marcial Aguiluz), sin faltar el simbolismo de un Frank Marshall y ahí, tras bambalinas, los hermanos Calderón Guardia —Rafael Ángel y Francisco— y Otilio Ulate Blanco, legisladores electos en 1958 que aunque presentes en pocas sesiones, aportaban sinergia política indiscutible en un contexto por lo demás novedoso en el siglo: el Presidente de la República gobernando en minoría y haciendo una constante expresión de su amplia y envidiable experticia política, en un pulso diario propio de las grandes páginas de nuestra historia. Hubo pasajes de gran tensión en que Liberación Nacional supo negociar iniciativas fundamentales y la administración Echandi supo poner a buen recaudo sus criterios.
En ningún momento el país cayó en la parálisis y dos expedientes primordiales impulsados por PLN, la ley del aguinaldo y la ley reguladora de las relaciones en el sector cafetalero, son elocuente expresión de capacidad para echar a andar la economía a partir de una negociación en el Congreso y con la condicionalidad del Ejecutivo. Y 80 vetos interpuestos por el Presidente Echandi —solo hubo ocho resellos— que la Asamblea terminó consintiendo.
Esos fueron años de brillo que seguí desde los corrillos parlamentarios y la barra de prensa. Luminosidad marcada sin duda por la presencia de un brillante abogado, recién graduado con los máximos honores en España, de ejemplar integridad moral e intelectual, que llegaría a hacer largo y fértil recorrido por el complejo mundo de la gestión de gobierno y a legarle a esta Costa Rica que tanto amó aportes envidiables en el mundo de las ciencias políticas, la seguridad social, las cooperativas, la formación de técnicos medios, la consolidación de las autonomías y el fortalecimiento de las funciones propias del Poder Central. Ese fue Alfonso Carro Zúñiga, a quien estreché manos cuando llegaba por el costado norte de la sede del Parlamento aquel 1 de mayo de 1958.
No provocó escaramuzas políticas pero tampoco las evadió. Más tiempo dedicó en aquel periodo a hacer de Liberación Nacional no el refugio de la pendencia política sino pilar básico en el fortalecimiento de la democracia a partir de una propuesta auténticamente social demócrata.
Fue su siembro, al que se entregó de lleno y a veces sin ecos suficientes, de la mejor calidad.

Álvaro Madrigal