Cuentos y realidades (II)
Existe la creencia en ciertos grupos de que las cosas van a ocurrir o a cambiar solo porque se escriben políticas en un documento (un pla...
Existe la creencia en ciertos grupos de que las cosas van a ocurrir o a cambiar solo porque se escriben políticas en un documento (un plan, un decreto u otro documento), aun si no se sustentan en estudios técnicos y económicos que les den el respaldo para que sus resultados sean realidad. Por lo tanto, terminan siendo un cuento.
Las políticas relacionadas con el desarrollo energético nacional, y en particular aquellas relacionadas con los combustibles y con la transición energética, son un ejemplo de lo anterior, ya que existen enormes diferencias entre lo que se plantea y los resultados que se obtienen.
Tal es el caso del Decreto No 38537-MINAE (publicado en La Gaceta No 162 del 25 de agosto de 2014) que indicó, entre otras cosas, que el Gobierno “ha declarado y reiterado su compromiso de NO al petróleo…”. Dos semanas después, el 7 de setiembre de 2014, el Gobierno también indicó que “en los próximos 50 años, Costa Rica seguirá dependiendo de los combustibles fósiles aunque se desarrollen otras alternativas”.
La realidad de la evolución del consumo petrolero nacional ha sido descrita por el reciente informe del Estado de la Nación 2017 de la siguiente manera:
Como comentario adicional podemos indicar que si la tasa de crecimiento del 6,4% se mantuviera, el consumo petrolero nacional se duplicaría en 10,8 años, lo cual es demasiado elevado y no concordante con las políticas enunciadas, las cuales no solamente no tuvieron ningún efecto, sino que más bien, al dejar un vacío, propiciaron un aumento acelerado en el consumo nacional de derivados de petróleo importados.
Este crecimiento en el consumo petrolero nacional es excesivo también cuando lo comparamos con las tendencias mundiales. En 2016, el crecimiento del consumo mundial de petróleo fue apenas del 1,7%. Si se mantuviera esta tasa de crecimiento, el consumo petrolero mundial se duplicaría en 40,7 años.
El crecimiento del consumo petrolero nacional ha conducido de manera continua a grandes inversiones en el desarrollo de la infraestructura petrolera nacional (puerto petrolero nuevo con una capacidad muy superior a la capacidad del puerto petrolero actual, tanques nuevos de almacenamiento de derivados de petróleo, poliductos nuevos para transportar derivados de petróleo, etc.).
Posteriormente, se publicó el Decreto N° 40038-MINAE, que reiteró todo lo señalado en el decreto anterior (incluyendo el “compromiso de NO al petróleo”), y además indicó que “… se impulsan las acciones de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero en sectores clave (transporte, energía, agricultura, residuos sólidos) para catalizar el proceso de transformación hacia un desarrollo bajo en emisiones y la meta de Carbono Neutralidad del país…”.
Sobre este tema, el informe del Estado de la Nación 2017 indica lo siguiente:
Las emisiones nacionales de gases contaminantes y de partículas (que afectan la calidad del aire) y de gases de efecto invernadero (que afectan el cambio climático) no se podrán disminuir si el consumo petrolero sigue creciendo a los altos niveles actuales.
Es importante señalar también que el consumo petrolero del país (que es energía importada) está creciendo más rápido que el consumo de electricidad (que es energía nacional), lo cual debiera ser lo contrario, ya que la electricidad es nacional y además es más limpia.
Parte del problema es que la electricidad nacional es mucho más cara que los derivados de petróleo importados. Como lo analicé en una columna que escribí el año pasado, el “galón eléctrico” nacional es mucho más caro que el galón de gasolina importada (aun con los altos impuestos que tiene la gasolina).
Y las tendencias no son nada halagadoras. La reciente solicitud de aumento desproporcionado de un 19% en las tarifas eléctricas que hizo el ICE a la ARESEP es un claro ejemplo del creciente costo de la electricidad.
Los altos y crecientes costos de la electricidad en Costa Rica se están convirtiendo en un serio obstáculo para la competitividad nacional y para la movilidad eléctrica multimodal (sistemas eléctricos de transporte público, vehículos eléctricos, etc.).
Para agravar más la situación, las políticas nacionales vigentes en este campo, por sus dogmas, rechazan las políticas internacionalmente reconocidas de países que son muy exitosos en lo económico, lo social y lo ambiental y que son líderes mundiales del desarrollo sostenible, como Noruega.
Contrario a lo que están haciendo estos países exitosos durante el largo periodo de varias décadas que durará la transición energética, las políticas del país prefieren no buscar la gran riqueza potencial que ha sido identificada en el territorio nacional y más bien buscan generar esa riqueza en otros países con nuestros escasos recursos a través de las grandes y crecientes importaciones petroleras.
Todo esto agrava por supuesto la creciente y agobiante situación de carencia de recursos fiscales y no fiscales que impide hacer cualquier cambio relevante en el país.
Y así, contrario a lo señalado en las políticas y los planes promulgados sin estudios técnicos y económicos, no solamente no estamos realizando ninguna transición energética, sino que la evidencia demuestra más bien que vamos en sentido inverso ya que se está dando un aumento acelerado de:
Lo anterior demuestra cómo los dogmas sin sustento técnico y económico no permiten atacar las verdaderas causas del problema en el mundo real y no permiten desarrollar las capacidades (incluyendo las capacidades financieras) que se requieren para hacer la transición energética.