Tomas Nassar

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Jueves 16 Octubre, 2008

VERICUETOS
Cuentos chinos futboleros

Tomás Nassar


Del tema del nuevo y presuntamente fallido estadio nacional que no ha sido y quizás no sea, hay mucho que decir.
Se puede decir, por ejemplo, que las calles aledañas a La Sabana colapsarán con el tráfico el día en que haya actividad, aunque sea una o dos veces al mes.
Se puede argumentar que no existen parqueos suficientes en la zona y que los chinos se habrían puesto de acuerdo con algún desarrollador inmobiliario para hacer un negocio inconfesable de parqueos, aunque el susodicho emplazamiento de cemento sea utilizado por solo 3 o cuatro horas al mes.
Algunos con menos perspectiva de los negocios del “real estate” sospecharán que empresarios chinos de ocultas identidades firmaron un acuerdo clandestino con los cuidadores de carros, esos de garrote y chaleco anaranjado, para impulsar un negocio paralelo, ilegal y deleznable y que convencieron de la inversión al Gobierno de Pekín, el cayó embrujado ante la encantadora idea de producir y vender chalecos y garrotes “made in China”.
Habrá quienes aseguren que la Tapia, el Chicote y otros negocios circunvecinos ya tienen contratados cocineros traídos directamente de Cantón, y que por eso habrían usado las execrables artes del tráfico de influencias para que la obra se ejecutara en La Sabana. Claro que cálculos actuariales dignos de las más altas escuelas matemáticas, demuestran los beneficios que producirá la venta de millones de medios cantonés a la vera de la monumental obra que se construiría gracias a un ambicioso gobierno rojo, ansioso por equilibrar su balanza de pagos con la exportación de tallarines y salsa de soya.
Que si es un negocio, que si hay un chorizo, que quien salió ganando……
Me contaron un chiste trágico. Se trata de describir como se mataría a un enemigo en diferentes países. En algún caso, por una puñalada por la espalda, en otro contratando un sicario, en uno más cara a cara. En Costa Rica, serruchándole el piso.
Algunos han aprendido con mucha maestría este lamentable arte de no dejar títere con cabeza y menos cuando el títere, por casualidad, por su buena suerte, o por méritos propios, destaca en algo, hace un buen negocio o logra un cometido con feliz término.
No sé si alguna universidad haya desarrollado investigaciones científicas para determinar el origen de nuestro endémico mal de carpinteros de virtudes y honras ajenas, pero estoy seguro que entre sus conclusiones debería señalarse el afán de algunos por sobresalir, por ser noticia, porque se les vea en la foto, por salir en las noticias o, simplemente porque hablen de ellos. Que hablen, mal, no importa, pero que hablen.
Don Oscar Arias fue a China y consiguió la donación de un estadio digno de un país desarrollado. Una obra que no hemos podido tener en tantos años y que claramente no podremos construir con nuestros propios recursos. Un beneficio indiscutible para el país.
Pero un grupúsculo ínfimo (redundancia) de personajes no pudo resistir el logro del Presidente, quizás porque ya no salen en las fotos o porque saben que su nombre no estará en la nueva placa.
La Sala Constitucional debe resolver el Recurso de Amparo con la celeridad que se requiere para que el pueblo, que somos muchos más que siete inconformes, podamos disfrutar de esta obra majestuosa antes que el gobierno de China termine de salir de su asombro, abra los ojos chinos y decida dejarnos jugando en las canchas abiertas.