Marcello Pignataro

Enviar
Lunes 25 Mayo, 2009


Cuando un amigo se va


La Ley de la Vida, como la mayoría de leyes naturales, es inexorable y no se detiene ante nada. Sabemos que estamos en este mundo de paso solamente y que nuestro destino está conformado, básicamente, por tres fases: nacer, vivir y morir. Casi como la introducción, desarrollo y conclusión de las asignaciones que nos ponían en el colegio, así se lleva a cabo nuestro paso temporal por este mundo.
Esta ley, sin embargo, en ninguno de sus capítulos habla de tiempos, edades o características que se deban cumplir para que el viaje llegue al fin. Aun así, estamos acostumbrados a que la mayoría de gente que fallece —de causas naturales— es aquella de cierta edad biológica, que ha acumulado cierta experiencia y que, en teoría, ya cumplió su misión en este mundo.
Como toda ley, tiene sus excepciones y mi amigo Andrés fue una de ellas. Todavía sin haber cumplido los 40 años, con una familia lindísima y —como decimos siempre— con toda la vida por delante, mi querido amigo se nos fue apenas el sábado antepasado. Cuando recibí la llamada, ayer hizo ocho días, debo reconocer que el shock fue lo suficientemente fuerte para no haberme dado cuenta de nada por algunos minutos.
Andrés era una de esas personas con las que da gusto encontrarse: siempre sonriente, siempre con una mirada de paz y siempre buscando hacer el bien. Lo recuerdo claramente cuando, desternillado de la risa, me contó que le habían robado el carro. Ese es uno de los ejemplos más claros que puedo dar de cómo era él.
Si el mundo tuviera más personas como Andrés, otro gallo estaría cantándonos. Siempre alegre, siempre jovial e infaltablemente con una sonrisa en sus labios. Su altura —medía bastante más de dos metros— siempre fue motivo de broma y él era una de las pocas personas a las que yo tenía que volver a ver “hacia arriba”. Así como era de grande él, del mismo tamaño era su corazón.
Nos conocimos por casualidades de la vida hará unos siete u ocho años. Compartimos un par de clases en la U y, si bien no podría atreverme a decir que fuéramos amigos del alma, Andrés era una de esas personas con las que uno sabe que puede contar siempre, a cualquier hora y en cualquier circunstancia.
La muerte de un ser querido debe, irremediablemente, ponernos a reflexionar. La muerte de Andrés, sin lugar a dudas, nos deja de manifiesto que la vida es muy frágil, el viaje es muy corto y como tal debemos disfrutarlo de la mejor manera. Estoy seguro que Andrés, a pesar del enorme dolor que dejó su partida, vivió a plenitud y dejó huella en muchas vidas. Prueba de esto último es que el día del funeral era físicamente imposible parquear el vehículo.
Si Andrés se leyó el libro que recientemente terminé (“¿Quién te llorará cuando mueras?”), habrá aplicado de sobra los consejos ahí escritos y ya sabrá que fuimos muchos quienes lloramos cuando murió.
A quienes me honran con su lectura me atrevo a dejarles este consejo: disfruten su vida, vivan felices y mantengan siempre una sonrisa en sus caras. Con solo eso harán que sus vidas, y las de aquellos que los rodean, sean mejores.
Y como dice la introducción del libro que les mencioné: “El día que naciste tú lloraste mientras el mundo se regocijaba. Vive la vida de manera tal que, cuando mueras, el mundo llore y tú te regocijes”.