Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 18 Diciembre, 2017

¿Cómo saltar al desarrollo?

El desarrollo es una meta complicada. Solo un puñado de naciones lo han alcanzado desde que se dio la Revolución Industrial.

Antes de la Revolución Industrial la pobreza era el estado natural de casi todos y ni se pensaba en poderla disminuir. Después, todos han aumentado sus niveles de vida, pero el desarrollo solo lo han alcanzado pocos países.

Después de la II Guerra Mundial un número mucho mayor de naciones, incluyendo muchas de las latinoamericanas, alcanzaron niveles medios de desarrollo, como es nuestro caso. Pero ninguna en nuestra región y pocas en el mundo lo han logrado superar. No es lo mismo crecer integrándose a los mercados mundiales y a sus cadenas globales de valor cuando se parte con niveles muy bajos de producción por habitante y con salarios muy reducidos, que hacerlo cuando esos salarios ya se han elevado, y los incrementos de productividad no son suficientes para compensarlos, haciendo poco competitivas sus exportaciones.

En la primera década de este siglo parecía que las naciones de ingresos medios en América Latina estaban dando ese salto, encabezadas por Chile, y propulsadas por las reformas favorables de ortodoxia fiscal y monetaria, de la apertura al comercio exterior, de la liberación de sus mercados y de los altos precios de los productos básicos.

Pero en los últimos años hemos vivido el desencanto que surgió de los gobiernos populistas, de la caída de los precios de las materias primas, de la falta de acuerdos políticos para profundizar las reformas económicas y de ausencia de las transformaciones de los estados que son necesarias para incrementar más aceleradamente la productividad; y también de la desaceleración de la economía y el comercio mundiales.

Alejandro Foxley es un economista chileno. Como Ministro de Hacienda del presidente Patricio Aylwin, y como presidente de la Democracia Cristiana de su país, colaboró intensamente al éxito de la primera y muy exitosa transición a la democracia, manteniendo el rumbo de la política económica de mercado.

Recientemente escribió “La Segunda Transición” indicando las lecciones que nos dan las naciones que han logrado evadir “la trampa del ingreso medio” (título de un anterior libro de su autoría).

En este libro nos señala tres condiciones que han cumplido países exitosos en esa segunda transición como Finlandia, Irlanda y Australia: 1) Una reforma de la educación para hacerla pertinente al desarrollo de las habilidades técnicas, literarias y científicas que demanda el desarrollo; 2) Una reforma del estado para hacerlo eficiente en el uso de recursos y en la satisfacción de las necesidades de ciudadanos y empresas atrayendo a los mejores ciudadanos y no manteniendo una burocracia fosilizada, y 3) Un acuerdo entre los principales actores sociales para llevar adelante esas necesarias transformaciones.

Esos son nuestros retos fundamentales que se satisfacen poco a poco, gradual y progresivamente a través de un tiempo que va mucho más allá de un solo periodo presidencial.

Desdichadamente me parece que estamos lejos de poder enfrentarlos.

En esta campaña electoral la educación es una invitada ausente, salvo el importante tema para la libertad y la familia de la inadecuada a educación para la sexualidad, donde la afectividad y sus requisitos y consecuencias solo aparecen en el título dado al tema por el MEP.

La reforma del estado es tema olvidado desde los años 90.

El Acuerdo Nacional entre los Partidos Políticos con Representación Legislativa de este año, no ha permeado en la actual campaña electoral.

¿Seremos capaces de enfrentar con seriedad nuestros retos en las siete semanas que faltan para las elecciones?

¿Sabremos los ciudadanos escoger dirigentes comprometidos de verdad con programas que permitan el progreso del país y disminuir la pobreza y la desigualdad, o se preferirán los que realicen más demagógicos ataques y apelen con mayor fuerza a la envidia, la frustración y el resentimiento?