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Martes, 11 de diciembre de 2018



COLUMNISTAS


Chulerías

Claudia Barrionuevo [email protected] | Lunes 26 noviembre, 2007


Chulerías

Claudia Barrionuevo

Hace un par de semanas me encontré con una amiga de mi infancia a quien no veía desde la escuela primaria. No nos costó reconocernos. Felices del fortuito encuentro, cancelamos nuestras actividades inmediatas y nos dispusimos a ponernos al día frente a un par de capuchinos que era lo que ameritaba la tarde lluviosa y fría.
Mucho era lo que teníamos que contarnos —tres décadas de nuestras vidas— pero los recientes sucesos emocionales por los que aún sufría, estaban —en ese momento— más presentes que toda su historia personal.
Luego de una brevísima síntesis de lo acontecido en tantos años, se dejó llevar por la tristeza y —recordando nuestra complicidad de niñas— me contó las razones por las cuales había perdido lo que yo más recordaba de ella: cómo sus ojos azules se iluminaban cuando sonreía.
La pena por la que pasaba era dolorosa pero común: su pareja de años la había abandonado. Traté de consolarla con argumentos comunes que iban desde la balada de José José “El amor acaba” hasta animarla dibujando con colores brillantes el nuevo mundo que se abría ante sus ojos.
Fue inútil. Ella no podía soportar que su pareja la hubiera dejado por otra mujer. Retomando los argumentos comunes, hablé de la andropausia masculina y cómo los hombres a cierta edad empiezan a tener debilidad por las mujeres más jóvenes.
Nuevamente mis palabras de consuelo chocaron con su dolor: la mujer era bastante mayor que ella y que él.
Traté entonces de que aceptara que si su hombre se había enamorado de otra no había nada que hacer. Me interrumpió nuevamente: no se trataba de amor. La otra mujer tenía algo que ella no podía ofrecerle: muchísimo dinero.
A partir de ahí me contó cómo ella lo había mantenido por más de una década con su salario de ejecutiva. El —“artista”— debía “crear” y sus posibilidades de generar recursos eran nulas. Al parecer había saltado de mujer a mujer durante toda su vida. O sea: un chulo.
Los chulos siempre han existido. Igual que las mantenidas. La sociedad —machista al fin— ve con más desprecio a los primeros que a las segundas. Cualquiera que tenga poder –económico, político o social— está a merced de vividores. Algunos caen en sus redes. Otros los rechazan ad portas.
Ser chulo es todo un arte que se desarrolla, aunque depende de condiciones naturales básicas. Hay que tener el talento de descubrir las debilidades de la presa, saber desplegar encantos y —sobre todo— no tener demasiados escrúpulos a riesgo de no poder vivir con su conciencia.
El chulo debe saber halagar con las palabras perfectas, sin temer a la exageración; debe ser un experto en obviar los defectos, tonterías, errores o dislates de su víctima y más bien aplaudirlos a rabiar; debe conocer el arte de la manipulación y nunca perder de vista su objetivo principal: obtener lo que se desea.
He conocido muchos chulos en mi vida. Nunca he sido víctima de ninguno. No solo porque no tengo nada que ofrecer que los atraiga —poder, dinero o influencias— sino porque rápidamente los identifico y me producen alergia.
Regresando a mi amiga de infancia —luego de conocer las razones por las que había perdido a su hombre— ya no tuve que buscar argumentos para aliviar su pena. Debía sentirse aliviada: a un chulo es mejor perderlo que encontrarlo.

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