Alberto Cañas

Enviar
Miércoles 16 Noviembre, 2011


CHISPORROTEOS

La desaparición de Ramón Herrero es para mí algo parecido a la desaparición de mi adolescencia. El hecho de haber tenido parientes comunes, y de que nuestras madres hubiesen sido compañeras de escuela, hizo que desde muy pequeños nos familiarizáramos el uno con el otro.
Pero eso no fue todo. Llegada la adolescencia el hecho de que su padre tuviera una hacienda en Grecia y mi abuelo otra en Naranjo, nos hizo compinches de temporada de verano. Moncho Herrero pasaba por mí a Naranjo, y juntos llegábamos a Palmares desde donde los hermanos Carlos Luis y Ezequiel Estrada (y los huéspedes que siempre tenían) nos acompañaban con rumbo a San Ramón, donde había abundantes muchachas bonitas, tanto ramonenses como josefinas veraneantes. Debo advertir que entonces (1935, 1936) la carretera pavimentada llegaba hasta Naranjo. A Palmares y San Ramón íbamos por camino de tierra, rodeando el Cerro del Espíritu Santo.
Mi propio barrio, concretamente el barrio de la Peni, no tenía una “huelga” de amigos, y mi íntimo y hermano Jorge Arguedas Truque decidió llevarme con mucho cuidado a la esquina de la avenida 9 y la calle 3, donde todas las tardes se reunía una cantidad de muchachos conocidos como “la huelga de Amón” famosa porque hasta bailes y seudo exposiciones de arte organizaba. No me costó mucho que me aceptaran y me incorporé al grupo, en el cual figuraban por supuesto Ramón Herrero y su hermano mayor Juan José. Allí continuó nuestra amistad. El hecho de que nuestras esposas fueron muy amigas también contribuyó a consolidarnos. Hacia su viuda, Floria Pinto, han viajado en estos días todos mis pensamientos.
Años más tarde, cuando se fundó el periódico La Nación, Ramón Herrero y yo fuimos nombrados en la primera Junta Directiva. Y fuimos testigos de cómo el grupo que aspiraba a convertir a don Fernando Castro Cervantes en presidente de la República (a pesar o por razón de sus nexos con la United Fruit) se apoderó del nuevo periódico.
No sigo con el pasado. Pienso en el hombre, en Ramón Herrero como el compañero de adolescencia y juventud que a lo largo de la vida supo hacer crecer mi profundo respeto y mi enorme afecto por él. Creo, hoy aún más, que hombres como él son los que necesita Costa Rica en la vida pública, para que le devuelvan al país la fe en sí mismo, la confianza en sus dirigentes y la seguridad de que sus gobiernos son honrados y no acogen corruptos ni aprovechados en su seno.
Desaparecido Ramón Herrero, caigo en la cuenta de que, de la vieja y añorada Huelga de Amón, sólo yo quedo. Soy el último. No hay ninguno con el que pueda sentarme a conversar durante horas sobre lo que era el muchacho Ramón Herrero con quien tantas aventuras y hasta desventura compartimos.
Cuando un hombre como él se va, quien queda disminuida es la Patria. Sepámoslo, aprendámoslo, lamentémoslo. Este viejo nonagenario lo llora y lo recordará siempre, que con él se ha llevado muchos recuerdos gratos, muchos momentos de alegría y de parranda, muchas bromas, mucha juventud.

Alberto F. Cañas